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Mostrando entradas de febrero, 2012

La joven Rosenvinge

Ando estos días escuchando uno de aquellos trabajos musicales que te van atrapando, lleno de matices que se van descubriendo poco a poco, como manjar que se tuviera que saborear despacio y apenas después de haberlo acabado ya se tuviera el espacio físico y las ganas de volver a repetir.
Nunca estuvo la carrera de Christina Rosenvinge marcada por el éxito comercial arrollador. Hablo sin datos contrastados en la mano, pero creo que no me equivocaría si digo que nunca fue número uno de ninguna lista al uso. Ni le hace falta, ni le hizo. Es un ejemplo de subsistencia ideal, de tenacidad, de constante búsqueda de caminos alejados de las grandes avenidas. Es fácil que los que jugamos a uno y otro lado de la frontera de los cuarenta recordemos a una veinteañera cantando ¡Chas! Y aparezco a tu lado, allá a finales de los ochenta junto a Álex de la Nuez, en una versión juguetona e inocente de las derivas que ha ido tomando su música. La joven Dolores es su último trabajo de estudio, y aunque y…

Amantes

Cuando se despertó la cabeza seguía pesándole como un piano de cola de teclas amargas cuyos sonidos retumbaban en las sienes, en las órbitas oculares, en la nuca rígida, en el sabor a hiel de la saliva. Él miró a su izquierda y sintió que los ojos iban a desprenderse de sus cuencas, cualquier gesto era lento y doloroso. Esa continuaba allí. La respiración distendida y profunda, la quietud y el silencio la suponían dormida. Ojeó el reloj, de soslayo, con una punzada hiriente en las pupilas. Once de la mañana. Ella no llegaría hasta las cinco. Habían quedado en el aeropuerto -terminal dos- como era costumbre siempre que tenía que viajar. No lo hacía con mucha frecuencia últimamente. La crisis, ya se sabe, había hecho que la empresa para la que trabajaba recortara el presupuesto de representación exterior y las visitas a las diferentes sedes europeas de la compañía se hacían cada vez más espaciadas en el tiempo y menos extensas en duración. Ella lo sentía como una pérdida, como una frus…

De la impunidad

¿En qué momento sucede? En qué momento el ser humano traspasa la línea en que se siente por encima del bien y del mal y, entregado al convencimiento del ser superior, hace de la impunidad sabida su escudo y su forma de vida. No es una cuestión trivial. No me interesa tanto el resultado, lo expoliado, la sangre derramada -siempre indirectamente- aunque sea contundente y grave sino la línea a cruzar para que todo ello sea justificable a ojos -gran ceguera- de alguna conciencia, ni que sólo sea la del impune.
Me preocupa el resorte de calma que ampara a estos seres, la suficiencia insultante en el rostro al salir del juzgado de turno (si es que en alguna ocasión llegan a ser juzgados) tras una nueva proclamación de inocencia vergonzante y vergonzosa para aquel que guarde mínima honestidad. O la misma expresión impasible al justificar lo injustificable, la mentira, el crimen, el expolio, la destrucción con la culpa o la responsabilidad bien lejos, siempre asignada a otros cercanos o a ca…