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La sombra

Llegó en estado de excitación profunda al portal que frecuentaba todas las semanas desde hacía varios meses. Observó que la placa dorada que anunciaba el piso del psicólogo que iba a visitar brillaba con más intensidad que de costumbre. Alguien debía de haber dado lustre al metal. O tal vez fuera el filtro emocionado de sus ojos el que concedía la iluminación extraña al insulso anuncio metálico. Volvió a mirar hacia atrás y pulsó el botón del interfono. Mentalmente visualizó el instante en el segundo piso, el momento en que el doctor Belmonte se incorporaría de su sillón al oir el sonido del timbre y, pausadamente, se dirigiría arrastrando su leve cojera por el pasillo de madera quebradiza hacia el telefonillo. Fueron los segundos exactos que transcurrieron entre la llamada y la apertura de la puerta. Nunca le había parecido un espacio de tiempo tan largo como el de hoy. No dudó eludir la espera del ascensor y subir apresuradamente las escaleras que separaban su desordenamiento exaltado de su refugio mental. La puerta estaba entreabierta, como era costumbre. Rápidamente la cerró tras de sí y todavía continuó con el ímpetu apresurado durante unos metros más sobre los chasquidos del suelo del pasillo. Al fondo esperaba el doctor Belmonte, psicólogo reputado, imbuido de nuevo en la comodidad de su sillón y escribiendo varias anotaciones en un cuaderno. Tuvo la impresión de que la visita, previamente concertada, venía a interrumpir su trabajo. Al verla con el aliento acelerado, el doctor levantó la mirada y el cuerpo en el mismo gesto:

-¿Qué pasa Noelia?
-Ha vuelto, doctor.
-¿Quién?
-La sombra.
-¿Otra vez estamos así?
-Otra vez...
-Mmm... Es un retroceso claro... Estás alterada, pero no pareces preocupada...
-Yo diría más... Estoy aliviada.
-Pero... La medicación...
-Hace semanas que no la tomo.
-Noelia, ese no era nuestro acuerdo. Creo que habías hecho numerables progresos con el tratamiento. Eliminar las sombras de tu pasado, ese era nuestro objetivo.

El doctor Belmonte utilizó una mirada que buscaba complicidad con la paciente, y no sólo porque era lo que se requería en estas ocasiones en las buenas prácticas de la psicología, sino porque buscaba un permiso, una señal, una licencia para un acercamiento más físico que en el fondo deseaba e imaginaba recíproco. Noelia no era mujer de exuberancia ni belleza destacadas, sus rasgos sugerían desprotección en el imaginario del psicólogo, un aspecto a cubrir para el que el médico se veía especialmente dotado. Esa fragilidad física era ficticia, pues la dulzura de sus rasgos, la suavidad de sus líneas dibujadas bajo el sutil descuido de una camiseta de cuello ancho o el desaliño azaroso de sus cabellos escondían una fuerza interior eléctrica y contundente, un carácter enérgico y decidido. En no pocas visitas, el psicólogo se llegó a preguntar quién debía ser el paciente y quién debía guiar la mente hacia los estándares de lo soportable. Fue en una de estas dudas donde el doctor vislumbró que tal vez ella pudiera estar atraída físicamente por él. Nunca había dado señales evidentes de ello. Es más, cabalmente parecería una idiotez. Belmonte era trenta años mayor que Noelia y aunque objetivamente conservaba cierto atractivo en la gracia de una madurez bien llevada, no parecía que ella hubiera reconocido este esfuerzo por perdurar en una juventud acabada hacía bastantes años. En ese leve ataque de evidencia racional continuó:

-Yo creo que íbamos en la buena dirección. En la última sesión, por ejemplo, te vi irradiando una confianza desconocida, una mirada de seguridad y plenitud muy diferente a la de las primeras sesiones... Francamente, no me gustaría tener que pasar mi caso a mi colega psicoanalista... Ya te había dicho desde el comienzo que tu caso bordeaba la necesidad de un análisis más profundo...

La mirada de Noelia se tornó distraida y ausente. La excitación había menguado notablemente. Un efecto de aquellas paredes amelocotonadas, salpicadas elegante y estudiadamente con óleos de algún desconicido paisajista de inspiración onírica. Pensó en la curiosa gradación del tratamiento que sugería el psicólogo, el colega psicoanalista del que hablaba estaba en el tercer y último piso del céntrico edificio. El primer piso estaba ocupado por una academia de técnicas de autoayuda, el psicólogo ocupaba la estancia que ahora compartían en el segundo piso. Pensó que la azotea pertenecía a la fase final de los tratamientos mentales sin solución, la de los suicidas. Este leve desvarío le dibujó una sonrisa en los labios, un sutil arqueo en el que dejó al descubierto una mueca de gesto tierno, un guiño al imaginario del médico que, sin embargo, dejó escapar un dardo a sus veladas esperanzas amatorias:

-Disculpe doctor. El trato era ayudarme en este trance, no anularme.
-Noelia, por favor, cuántas veces te he dicho que me tutees, la confianza es fundamental... Como te decía,  para progresar debes eliminar toda la carga negativa que llevas dentro y para eso...
-¡No! -Interrumpió. -Nos pasamos la vida tratando de olvidar todo lo malo, lo que nos angustia. Tenemos que aparentar que no tenemos miedo a nada cuando es el miedo innato el que nos mantiene vivos, el miedo irracional y primitivo que se despierta en la pasión, el que conocen las madres, el que nos hace fieros cuando necesitamos serlo... Intentamos olvidar lo que nos duele para hacer la vida soportable, pero en realidad cubrimos de un maquillaje sonriente ese dolor negándolo absurdamente... Nos convertimos en una pandilla de imbéciles con una sonrisa impostada basada en el deseo de algo que nunca seremos... Esa vida se hace insoportable porque pertenece a un mundo fabricado en la ilusión de nuestra libertad, en que pertenecemos a un aquí y a un ahora que nos ha de llevar forzosamente a un mañana que ansiamos mejor. Sin embargo, al mirar cara a cara a la sombra lo he visto claro. Lo único que tenemos es nuestro pasado. Con todo su dolor y toda su alegría, ese es nuestro único peldaño seguro, el único que de verdad nos puede dar paso al peldaño siguiente siendo nosotros mismos...
-¿Cuándo ha empezado? Lo de la sombra, digo-. El psicólogo quiso retomar el mando de una conversación que no había tenido en esta sesión.
-Esta noche...
-¿Cómo ha sido?

Noelia detuvo un momento las palabras que se le habían agolpado apresuradamente en la boca para continuar la conversación. Notó que el verbo iba más rápido que el pensamiento y que podía decir algo demasiado evidente o de una simplicidad tal que pudiera ser aprovechado por el Doctor Belmonte para reducir sus argumentos a nimias ilusiones de una desequilibrada mental. Tampoco quería herirle ni mostrarse agresiva. A fin de cuentas había sido ella quién había acudido a él. Creía sinceramente en su voluntad de ayuda y por eso quería medir la sucesión de sentimientos que iba intentar reproducir:

-Como una caricia...-. Respondió Noelia. -Como una mano sigilosa que se hubiese acercado buscando mi cuerpo con el deseo de los amantes nuevos, con el vello erizado al tacto de los dedos entrelazados en mis dedos, sobre mis senos, buscando lo más profundo de mí y devolviendome la vida en una noche incendiada y plagada de estrellas. Un fulgor, un fogonazo que al desvanecerse se extendiese por todo mi ser poblándome de una visión nueva y reconfortante...

El doctor Belmonte había inclinado los ojos ante el relato de su paciente. No pudo dejar de sentir un rubor interno -esperaba que no fuese externo- al imaginar que era su mano y era su cuerpo el que provocaba las sensaciones y el descubrimiento de nuevas formas en Noelia. Se sentía cada vez más desarmado. No obstante, intentó reconducir la sesión:

- Noelia, yo creo que se trata simplemente de una ilusión sexual, una fantasía que te ha dado una visión alterada de las cosas...
-No ha entendido nada doctor... Estoy hablando de sentimientos, no de sexo. Esa es la diferencia entre usted y yo. Yo le he hablado de un sentimiento forjado en experiencias pasadas que me han abierto un mundo nuevo... Usted, sin embargo, sólo se queda en el deseo. Creo que hemos terminado.

Noelia se levantó en dirección a la puerta. El doctor Belmonte se giró en dirección opuesta, hacia la ventana que tenía tras su sillón, con la mirada perdida hacia la calle. Abatido. Advirtió que la estancia se había enfriado, o tal vez fuera él quien había incrementado la temperatura interior a causa del rubor reprimido. Notó cómo un espectro negro y bien formado le atravesaba y salía en dirección a la puerta tras Noelia. A los pocos minutos los vio a los dos de la mano curzando la calle. Parecían felices. Descolgó el auricular del teléfono y marcó un número conocido. Al otro lado del aparato se escuchó una voz familiar... -Psicoanalista, ¿dígame?-.



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