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A través de los vagones

Siempre que bajaba las escaleras en busca del metropolitano que había de llevarle de vuelta a casa tenía la misma sensación de desprendimiento, el alejamiento del mundo de la superficie para introducirse en el mundo profundo, subterraneo recogimiento entre cientos de seres de movimientos programados. Era ese su momento, la transición, el viaje, no el destino. Al final del trayecto le esperaba una casa en el barrio marítimo, un piso de reducidas dimensiones con vistas robadas al puerto por los sucios edificios de los pescadores. Pero hasta esta visión solitaria quedaban unos treinta minutos de rielado trasiego metálico, tiempo ensordecido por el aceleramiento y frenado de los motores eléctricos del convoy. Ruido, oscuridad evitada por la luz artificial, aire viciado por los restos de la sudoración desmesurada de las axilas obreras, eran elementos de su aislamiento mundano entre sus congéneres viajeros, aislados, como ella, entre la multitud enlatada. Disfrutaba del momento que le regalaban las detenciones del vagón en las estaciones, como un infantil juego con uno de aquellos visores montados en pequeñas cajas de plástico, inútiles recuerdos para turístas, que ofrecen imágenes cambiantes de la ciudad, monumento o paisaje de turno cuando se pulsa un botón. Como series de fotogramas que se detuvieran en escenarios repetidos para contar una historia diferente en cada parada. Los lugares repetidos tienen la virtud de albergar la diversidad del quehacer humano. En realidad, esa virtud es común a los lugares cotidianos y repetitivos y a los que no lo son, pero en los primeros destacan sobre el encuadre y cobran vida detalles que pasarían inadvertidos en cualquier otro lugar. El beso de dos amantes no deja de ser eso, un beso, la solución al deseo de dos bocas encajadas en su acepción más pasional, o el roce cálido y sereno de labio en mejilla en su acepción amistosa. Pero el beso repetido sobre el mismo fondo un dia, otro día y otro día, permite observar matices sorprendentes y desconocidos, las sutiles diferencias entre ellos. Cómo el beso de los amantes va perdiendo intensidad en el tiempo o cómo varía esa misma intensidad en las personas que ocupan el escenario momentaneo y prestado. Lo que dice de ellas, de su atrevimiento o su comedimiento, de su pasión o su desidia, y no sólo en los besos. En las esperas, inquietas o calmadas, en las conversaciones, animadas o corteses. En las risas, en los llantos. A veces se repetían los personajes con coincidencia horaria, a ellos dedicaba con más ímpetu su extenuante capacidad de observación, pues era en éstos donde los matices diferenciales se encontraban más palpables. Hoy más triste que ayer. No se ha afeitado. Hoy está más esquivo y busca el extremo solitario de la estación. Algo le preocupa. Ya no. Hoy sonríe y saluda a una chica que no había visto antes. Hoy no lleva el periódico bajo el brazo. Las noticias son tristes.
La cotidianidad aporta su monotonía y su costumbre, y al tiempo la agudeza inconsciente para discernir lo que no es cotidiano, su pan y su hambre. El imaginario de la soledad hace el resto. Un día, otro día y otro día la misma cadencia de partidas y llegadas. Y la añoraba. Y se exasperaba cuando se truncaba por algun retraso del tren o alguna inoportuna avería, como si temiera que esos imprevistos fueran a alterar por siempre los cuadros de su museo vital.
Diciembre se dejaba ver en las estaciones con sus abrigos y sus bufandas. Pensó en la calidez que aportaban a los cuerpos observados. Serían agradables al tacto de sus manos frías. Pero ella ya no le coge de la mano. Puede que sea un enfado pasajero o el principio del distanciamiento definitivo. Uno de los dos cambiará de horario o de estación próximamente si es así. El hombre del fondo parece envejecido. ¿Cuánto tiempo llevo en este tren? Un niño corre sin saber que no podrá evitar la regañina de su madre. No hay escapatoria en el mundo subterraneo. Sólo la última parada de la linea tiene la fuerza para arrancarla de su abstracción. Subió las escaleras y el mundo volvió a pesar con su realismo y su gravedad. Diciembre era mas crudo fuera. Las sirenas lejanas se diluían en la humedad de las calles de camino al portal de su casa. Diez tramos de escaleras. Cien peldaños. La costumbre los había hecho livianos. Al llegar a su puerta e introducir la llave en la cerradura vio una nota en el suelo. Supuso que sería un papel sin uso, a lo sumo una lista de la compra caida de algún bolsillo roto de un distraido miembro del vecindario. La recogió con la intención de tirarla. Abrió la puerta y, de soslayo, leyó la primera frase del papelillo: "Yo te he visto...". Se detuvo en el umbral por el que asomaban el frío y la soledad de su vivienda, disimulada estos días por una impostada decoración navideña. Siguió leyendo. Yo te he visto a través de los vagones de una vida subterranea. Te he visto de pie, erguida y orgullosa, te he visto sentada y abatida. He visto tu mirada escrutadora buscando un cielo en la oscuridad. Es azul. O verde azulado. O marrón. Según tu alma. He visto tu risa aún cuando no reías. Y las lágrimas constantes que manan sin que llores. Te he visto desnuda aún sin verte desvestida. Yo te he visto como eres. Y tú no me has visto.

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