La carta

El día de su noventa cumpleaños, Amalia Florisdalba se levantó lenta y quejosamente de su cama ortopédica. Era Enero y la casa amanecía con una frialdad que sus frágiles huesos maldecían. Bostezó levemente y se volvió hacia la mesilla de noche: medio vaso de agua, gafas para vista cansada, un reloj intranscendente. Nadie mira el tiempo cuando el tiempo ya ha dejado de correr, o que corra o no corra importa lo mismo. De uno de los cajones sacó un sobre amarillento y de allí, una cuartilla doblada en dos que transparentaba tinta azul trazada a mano, una carta. La leyó como había hecho cada año a modo de regalo de aniversario desde que cumplió los veinte.

"Te escribo esta carta y será la primera y última que te escriba. He decidido matarme por tu amor. Puede parecerte dramático y definitivo pero creo que es lo más honesto llegados a este punto. Ahora mismo te quiero tanto que quererte más me parece imposible. Tu belleza está en un estadio culminante y eufórico, un cuerpo espigado que se reafirma en las más sugerentes formas femeninas, una mirada que enciende y trasluce la pasión por la vida. La plenitud está en ti, en tu sonrisa, en todo lo que abrazas, en todo lo que dices y en todo lo que callas cuando avanzamos en silencio de la mano. No hace falta más. Es por amor, te digo, que me mato. No por el que llaman despechado o no correspondido, no porque dude o el compromiso me espante. Sería capaz, creeme, de formar una vida conyugal que a ojos ajenos se antojara perfecta y colmada, pero yo sé que no lo sería, porque la perfección existe ahora. Hoy, no sé si mañana. No veo, en lo que pueda venir, más que decadencia y declive, más que degeneración y deconstrucción de lo que ahora siento y percibo, abatimiento de las formas y las esencias que hoy conforman nuestro amor. Así que cuando recibas esta carta sabrás por qué me quito la vida, porque creo que he alcanzado las más altas cumbres de la felicidad y prefiero irme así, feliz, sintiendo. No mereceré lágrimas tuyas, ni las quiero, porque me voy con tu sonrisa de cabeza al acantilado, a estrellarme en gotas marinas que esparzan mi sentimiento ensangrentado. Es por amor, repito, no me lo tengas en cuenta. Te quiere y se mata: Anselmo." 

Dobló la cuartilla de la misma forma en que se venía venciendo el papel por el pliegue central desde el primer día que encontró esa carta en el bolsillo de una americana de bien vestir de Anselmo. Pero a diferencia de las sesenta y nueve veces anteriores se armó de valor y lanzó al aire la pregunta que no había hecho nunca y para la que había imaginado multitud de respuestas. La incógnita había sido el remedio y la herida, el tormento y la ilusión, el secreto que quiere y no quiere ser sabido y que había dado sentido a su cotidiana vida de ama de casa.

-Por qué no te suicidaste, Anselmo-. Lo dijo como si supiera en el fondo que él tuviera conocimiento certero de que ella sabía de la existencia de su nota suicida aunque nunca lo hubiera revelado. Lo dijo al tiempo que enumeraba mentalmente y disponía su sentido auditivo a las respuestas tantas veces supuestas y que habrían de acabar con la duda, pero también con la posibilidad. Podría aceptar de buen grado un "al final me di cuenta que una perfección idílica valía menos que una vida a tu lado", incluso una andanada primigenia de macho dominante al estilo de "me dio un ataque de celos pensarte en brazos, en labios, en cuerpo entera y compartida en amor de otro que no fuera yo". Tomaría como anodino y decepcionante, aunque comprensible, pero sin duda menos romántico y literario, un "tuve miedo", aunque la peor de las opciones para ella sería "de qué hablas... ¿Qué carta?", porque revelaría una falsedad intrínseca al papel que la había alentado durante tantos años... Pero Anselmo permanecía en silencio alargando el misterio.

-Por qué no te suicidaste, Anselmo-. Nuevo silencio. Se dio la vuelta lentamente para mirar al otro extremo de la habitación. Sobre otro lecho ortopédico distinguió enseguida el color violaceo y la rigidez de un rostro inmóvil que mostraron el acabamiento vital nocturno y sigiloso de Anselmo. Los ojos de Amalia se empañaron levemente pero se resistió a llorar. Al contrario, una sonrisa difuminada se dibujó en los surcos de su rostro. En el silencio, en la incógnita perpetuada, había encontrado la perfección a su historia de amor siempre inconclusa. Revolvió un cajón de la mesilla hasta dar con un frasco lleno de unos gránulos de aspecto medicinal. No lo eran. Disolvió el cianuro en el vaso de agua que veía hoy, más que nunca, medio lleno.

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