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Lecturas estrábicas

Se sentó en un banco del andén. El metro venía a esas horas bordeando su capacidad máxima, aunque en los vagones finales la aglomeración era menor. Lo sabía. Por eso buscó conscientemente el apartamiento de las posiciones centrales de la estación para ir a ocupar el extremo opuesto a la entrada de la misma. Solían quedar huecos en esas bancadas del convoy y esta vez tampoco fue distinto. Hacía demasiado tiempo que se sentía diferente al resto de los mortales. Pensó en esto mientras subía al vagón, pensó en "el resto" como una masa uniforme y viscosa. No era un sentimiento de superioridad, aunque cualquiera lo hubiera pensado por su exquisita formación académica de rama científica que le había otorgado un destacado puesto de investigador en el Centro de Investigación Animal, también conocido como CIA. Aunque su intelecto brillara como las excesivas luminarias navideñas que evocan una plenitud eléctrica (de pago, por tanto), no era éste el origen ni la fuente de su sentimiento diferencial, creciente por días, desde que comenzara el proyecto de investigación sobre la capacidad mimética de los camaleones. Meses y meses de observación de diferentes especies de escamosos reptiles de mirada poliédrica habían despertado una curiosidad hiriente y enfermiza por todo lo relativo a estos pequeños seres de color mutante. La identificación con ellos era cada vez mayor y disfrutaba con los experimentos de campo en que ponía a prueba sus numerosas habilidades y peculiaridades.
Una vez dentro del vagón buscó asiento en los huecos que los viajeros solían dejar entre sí, como una linde de espacio vital mínimo y enlatado que se dispuso a violar sin dudarlo un momento. Estaba muy cansado. Últimamente las jornadas laborales se alargaban mucho porque los informes con las conclusiones del estudio iban muy retrasados, los reptiles habían adoptado una actitud tediosa y esquiva a los requerimientos y estímulos propiciados por los científicos. Un reflejo del pasar de los días en el CIA, como si los pequeños saurios hubieran adquirido también la capacidad de mimetizar las vibraciones anímicas de los espacios impostados que habitaban forzados. Pensó en todo esto con los ojos cerrados y con los gestos de abatimiento y cansancio propios del exceso de horas trabajadas. Al abrirlos observó que había tomado asiento entre dos chicas enfrascadas en sendas lecturas. Por distracción empezó a leer con disimulo y se percató que estaba leyendo en paralelo. Con el ojo derecho estaba siguiendo el acto sexual aguerrido y estridente en que un apuesto y adinerado joven sometía, con diversos correajes y otros adminículos pensados para causar dolor, a una postadolescente encandilada por las habilidades amatorias y punitivas del zagal. Con el ojo izquierdo repasaba las explicaciones de un ignoto narrador sobre la formación del universo y su relación con los entresijos de las motivaciones humanas. Al volver a alinear la mirada hacia el frente los argumentos parecieron entremezclarse con una lógica aplastante dando el gobierno del orden universal a un amo sadomasoquista que disfrutaba con el castigo humano de vivir. Se sobresaltó. No por este último pensamiento sino por la capacidad recién descubierta de usar una mirada independiente en cada ojo, una divergencia sensorial que además podía ser analizada independientemente por su cerebro.
Se levantó obviando el peso del cansancio y buscó con urgencia las puertas automáticas del vagón a la espera de la próxima estación. Necesitaba aire y cerciorarse de que no había sido un casual fallo neuronal el que había originado semejante desbarajuste visual. Subió las escaleras mecánicas de dos en dos y salió a la calle en busca de algún nuevo campo experimental donde probar su recién descubierta rareza. No tardó en encontrar un patrón similar al que había hallado en el suburbano. Un pequeño parque, unos cuantos bancos ocupados por madres y padres de primera y de segunda generación que dejaban corretear a una jauría infantil acabada de salir de su cárcel escolar. Volvían a quedar los espacios que alivian la insoportable proximidad del ajeno y desconocido. Se decidió a invadir esa tierra de nadie y ocupar el hueco de uno de esos bancos entre dos lectores de revistas. Tenía que ser rápido puesto que en este nuevo campo de experimentación no existían los límites metálicos del vagón de metro. Ni el peso del cansancio de las horas laborales que podía ser más denso que la sensación de la intimidación por el extraño que fisgonea sin disimulo. Aquí no. Sabía que sería cuestión de los minutos justos que delimitan el no parecer maleducado que alguno de los dos lectores, si no los dos, se levantaran con cualquier excusa imaginaria y dieran por finalizada su estancia arrellanada. Profirió un saludo sordo y entrecortado que podría haber sido emitido por cualquier animal con capacidad para desprender sonidos guturales y se sentó. Desplegó, sin ninguna intención de leerlo, el periódico que llevaba bajo el brazo y dispuso, esta vez conscientemente, los ojos en posición divergente para otear las páginas de sus recién incomodados vecinos. Esta disposición ocular le permitió constatar, primero, que no era bien recibida su incursión en ese espacio, puesto que vio claramente sendas miradas convergentes hacia su persona con clara intención reprobadora. Segundo, que volvía a leer paralela y diferencialmente. A su derecha un avezado narrador explicaba el singular proceso de embalsamamiento de Nefertiti que había hecho perdurar sus restos desde tiempos remotos en que civilizaciones desaparecidas construían misteriosas pirámides. A su izquierda un periodista con grandes dotes de ratón de hemeroteca repasaba y enumeraba las ruinosas inversiones en las más variopintas infraestructuras que el gobierno había autorizado generando otros tantos innumerables casos de corrupción. Volvió a alinear la mirada y su cerebro volvió a reorganizar la información recibida tan a la vez y tan claramente dejando un regusto de moderna esclavitud y de extinción social que no dejó ninguna expresión de extrañeza en su rostro y que tampoco se esforzó por almacenar en su memoria, demasiado ocupada en establecer las malditas y esquivas conclusiones de las capacidades camaleónicas. Sus contiguos lectores se levantaron casi al tiempo dejándole con una sensación de desamparo ante la soledad de sus pensamientos. Éstos se debatían entre revolucionar la línea de investigación del CIA y poner patas arriba las teorías y las premisas preestablecidas sobre la adaptabilidad animal, incluida lógicamente la humana, o ser prudente e iniciar los protocolos científicos que plantearían la hipótesis inicial que su caso no era diferente al padecimiento de un estrabismo exotrópico para acabar concluyendo que, efectivamente, padecía estrabismo.
La tarde filtrada entre los árboles del parque dejaba en el aire una humedad cálida para deleite de minúsculos y numerosos insectos que volaban velozmente de un lado a otro quién sabe con qué finalidad. En un acto reflejo e inesperado sintió que su lengua salía despedida de su boca para retraerse de nuevo y rápidamente hacia ella portando una presa con forma de mosca atrapada en la viscosidad de sus papilas. Dobló el periódico y se levantó del banco. Se dijo a sí mismo que a partir de ahora miraría siempre de frente.

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