Desiertos

Hoy he pensado en los desiertos. No sé por qué. Como si hubiera que buscar un por qué a cada cosa, extraña costumbre que arrastramos desde remotas infancias. Porque se me han venido a la mente algunos versillos para construir un poema, porque se me han aparecido, nítidas, imágenes rojizas de tierras como mares que ya habían quedado borrosas en la acumulación inexorable de la memoria. Qué más da. Yo no conozco los desiertos de aliento árabe y jaimas nómadas. Los desiertos que me rondan traen aromas de caballos cabalgados por jinetes solitarios recortados a la calima inestable y polvorienta del paisaje. Claro que ya no hay jinetes, ni jaimas, ni apenas alientos. Cuando atravesé el desierto de Nevada ya lo sesgaba y lo partía -doliente brecha en canal- una gigantesca carretera de escaso tránsito donde el rodar se hacía ajeno al asfalto, como si las máquinas automóviles estuvieran acostumbradas al camino, autómatas sobre raíles ya conocidos y recorridos. Las millas pasaban al ritmo de la Credence Clearwater Revival y la mente, cuando no estaba ocupada en articular las impresiones en palabras, divagaba en silencio la mayor parte del tiempo. Al final del camino aparecía, fantasmal y exagerada, la ciudad que no duerme y juega y donde Elvis sigue viviendo aunque sea de forma pátetica y con el oficio cambiado a falso casamentero. Pero si hoy he pensado en los desiertos, seguro que no ha sido por Las Vegas y su luminiscencia incansable, sino más bien por la vastedad de vacío que precede a su aparición, por el paisaje desprendido de todo, desnudo y árido. He pensado con la mente ida y cansada, con la sensación de haber acumulado demasiado. Y demasiado sobrero todo. Uno acaba viendo tanto, oyendo tanto, leyendo tanto, suponiendo tanto... A veces con intencionalidad meditada, a veces sin querer hacerlo y sabiendo lo que nunca hubiese querido uno saber (más bien lo que no nos gusta saber; el querer saber nos es inherente). O diciendo lo que nunca hubiese querido o debido decir o escribiéndolo o pensándolo -más difícil ésto, el pensamiento suele ir por libre-.  Al final todo se revuelve y se guarda desordenadamente a la espera de algún rescate circunstancial o frecuente, o algún olvido que nunca lo es del todo. Y todo pesa. Es uno de esos días en los que a uno le apetece vaciarse del todo y no ser o ser lo más parecido a la nada, a la ausencia que acaba siendo siempre la herida y la cura de tantos sentimientos. Así se me ha presentado el polvo solitario y ardiente de los desiertos, como el espacio que hoy añora mi mente, mi alma o lo que quiera que sea que me da conciencia y me mueve, el lugar vacío y despoblado que se recorre sin otra pretensión que la de rodar por rodar y dejar pasar, como me gustaría hacer en tantos momentos cotidianos, en tantas palabras erradas, en tantas culpas autoinflnigidas que nos lastran y nos cambian queramos o no. Hoy quisiera hacer lo que no estoy haciendo cuando escribo. Dejar pasar, dejar de contar y ser sólo en tránsito nómada hacia algún oasis mínimo donde repoblarme sólo de lo necesario. Vaciarme del resto. Descansar de mí mismo.

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