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Rarezas


Amanecer en poniente. Xuan Rata. http://xuanrata.blogspot.com.es
Alborear urbanita. Otro más. Se levantó con la esperanza que el nuevo día hubiera acabado con las rarezas que se venían sucediendo en las últimas semanas, menos raras cada día, por tanto. Abrió la ventana y una extraña luz sobre el cielo hizo aflorar la intuición callada y evitada de que hoy sería otro día extraño. Amanecía por poniente.
El café había salido con un gusto avainillado. Revisó la cápsula que había insertado unos momentos antes en la sofisticada máquina de presión: nada de vainilla en su composición. El agua debía aportar ese toque exótico que, sin embargo, no le desagradó. Fijó su mirada en la página del calendario que colgaba de una de las paredes de la cocina. Julio estaba llegando a su fin y repasó con la mirada los cinco días que debían transcurrir hasta que comenzaran sus vacaciones. Pensó que tal vez todo se reducía a una acumulación excesiva de estrés laboral que alentaba fantasmas disparatados en el breve espacio que concedía a la improvisación en su agendada vida diaria. Un sonido breve desde su terminal móvil llamó su atención para recordarle que en media hora tenía una importante reunión de proyecto en la que tendría que dejar bien definidos los ejes de la nueva campaña de márketing de su empresa que tendría que estar lista en septiembre. Su equipo lo acabaría, pero el armazón era cosa suya y, de momento, ese armazón era muy frágil. No encontraba nada original para forjar la bastida ... y eso tampoco era habitual. Por un momento lo atribuyó a ese estado inverso de las cosas que se había instalado en su vida que, por otro lado, se aferraba a negar.

Bajó hasta la calle y una punzada de frío le hirió en algún poro excesivamente abierto de su piel. Miró a su alrededor. La concurrencia de las calles era escasa en aquellas horas y en aquel mes en que todo empezaba a ralentizarse a la espera del asueto vacacional. Los pocos transeúntes que deambulaban por la calle vestían veraniego.

-Fresquita, la mañana. - dijo a una mujer de voluminoso cabello rizado en forma de col que paseaba en bata ligera y zapatillas a un perrito de dimensiones mínimas. El perro miró de soslayo al individuo tembloroso que se había dirigido verbakmente a su dueña. El can emitió un ladrido que, sin embargo le resultó inteligible:

- Fracasado.

Apretó los puños. Inspiró y siguió el camino hacia la oficina. Al doblar la esquina para alcanzar la parada del autobús encontró una cola de gente frente al Cine Principal. No recordaba sesiones matinales ni estrenos sonados que merecieran la espera de la hilera humana que aguardaba casi inmóvil el turno de entrada a la sala de proyección. Parecían figurantes de cartón. Lo anotó en el bloc de notas incorporado en su sofisticado smartphone. Detuvo la mirada y la atención en una pareja que aguardaba en la cola. Ella parecía que iba a alguna celebración de más enjundia que una cita en el cine. Vestido vaporoso de gasa color carne con vuelos sugerentes y extraños abombamientos en el torso. Le pareció demasiado dulce y atenta en comparación con el acompañante que aguardaba turno junto a ella. Le costó imaginárselos como pareja. Él vestía ropa deportiva de colores llamativos, pero dos tallas más grande de lo que correspondería al tamaño del supuesto atleta que la vistiera. De la pernera asomaba un tatuaje con los mismos motivos que se dejaban ver también por el antebrazo. Cadena dorada por encima de la ropa y que subrayaba, en la nuca, un nombre: María. Cadena dorada que rozó el ser antónimo al besar los labios de ella a su requerimiento, pero como por obligación y costumbre ya sabida, sin dejar de manipular el dispositivo móvil que sostenía en una mano. Se negó a pensar que bajo aquella melena gracil o bajo aquel elegante y desubicado vestido hubiera nombre masculino alguno... Como un fogonazo le asaltó la intuición de que aquella escena podría ser el eje de su proyecto, el esqueleto o armazón deseado para dar carpetazo a esta incómoda tarea cargada de la premura que tienen todas las tareas encomendadas justo antes de vacaciones. La empresa quería acercarse a un segmento de público al que lo había hecho tradicionalmente (un nuevo target, como lo llaman los del gremio de la publicidad). Esa imagen del beso formada por dos labios que parecían no tener correspondencia natural ni lógica y, sin embargo tan cotidiana, le serviría como idea central en su presentación. Tomó unas cuantas notas moviendo rápidamente los pulgares sobre la pantalla táctil de su celular. Unas cuantas más en el autobús le tuvieron ensimismado. Tanto que le pasaron desapercibidos el grupo de jubilados que tomaba el desayuno sobre una mesa camilla -hule sobre tapete de encaje- en el centro de un grupo de asientos enfrentados del vehículo. Se sintió eufórico por el hallazgo casual y vio como una señal confirmatoria de fortuna la suavidad del conductor en el manejo del autobús, alejada de la sensación  de formar parte de un cargamento de transporte animal que le sacudía los más de los días. Los taxistas cedían amablemente el paso al colectivo que se desplazaba sobre el carril bus, lo que se tradujo en un adelanto en el horario previsto de llegada a destino.

En la sala de juntas tuvo tiempo de tomar un café. Había llegado el primero. Al darle un sorbo notó esta vez un leve gusto a cereza. Miró de reojo a la máquina de café para cerciorarse de que no la habían sustituido por otra más sofisticada que mezclara gustos más allá de las opciones clásicas de corto, largo, con leche o chocolate. Era la misma. Unos minutos más tarde llegaron en bloque todos los miembros del consejo que habrían de dar el visto bueno a su idea. Estaba acostumbrado a improvisar. Por eso no le fue difícil ir vistiendo las notas tomadas a vuelapluma (aunque ahora los que vuelen frenéticos sean los pulgares machacados contra una pequeña pantalla) de argumentos convincentes, de una estructura lógica y cerrada que tuviera sentido publicitario. Lo hizo con un entusiasmo inusitado en él, un tipo más bien racional que solía hacer gala de un control absoluto de sus emociones y que, sin embargo, por unos momentos pareció desenterrar a una desenfrenada versión primaria de su ser. Tal vez por eso atribuyó en un primer momento una expresión de sorpresa y fascinación en los rostros del consejo. A medida que el flujo eufórico iba siendo absorbido por su torrente meticuloso pudo ir obserbando como se tornaban serias y decepcionadas esas caras. El presidente abrió la boca y le pareció que iba a engullirle entero:

- Poco original, Sánchez. Poco original. Eso es demasiado cotidiano para lo que buscamos. Francamente, esperaba más de usted... Trabájelo más... Esas vacaciones quizás tengan que retrasarse, ¿verdad?.

El mundo le volvió a parecer un pesado entramado eléctrico que chisporroteaba en cada esquina. Decidió volver a casa andando. No supo muy bien si buscando un poco de aire fresco o tal vez alguna idea del enrarecido mundo que, sin embargo, ya le comenzaba a resultar insulso y previsible. El aire se había hecho más gelido. La gente parecía haber desaparecido expresamente en su trayecto de regreso subrayando su sensación de soledad. Pensó en la cadena de oro del pseudomacarra de la cola del cine. Pensó en tatuarse esa palabra, soledad, y colgarse una pesada cadena dorada del cuello. Se le dibujó media sonrisa al pensarlo y empezó a darle vueltas a una nueva idea para su proyecto. Un perro solitario le ladró cerca de su portal:

- Fra-ca-sa-do! Fraca-sado! Fracasadooouuuuuu!

Quiso evitar la mirada directa y desafiante del can y alzó la suya hacia el cielo. Hombres con trajes alados sobrevolaban los edificios erizados por el frío. Algunos se enredaban en las antenas afiladas, otros conseguían planear como aves verdaderas; en el cableado eléctrico se habían posado a descansar otros cuantos. Ya dentro de casa activó sus rutinas domésticas. Tomó otro café y ahora le pareció que el gusto tiraba a melocotón. Había encendido el televisor a modo de acompañamiento lejano, un fondo acústico que anunciaba la noticia de que el gobierno en pleno había dimitido ante los indicios de corrupción de uno de sus miembros. Se dirigió hacia la ventana con la taza de café amelocotonado en la mano. Los hombres pájaro seguían revoloteando. Había empezado a nevar.




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