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Ínfimo mundo

- ¿Vienes?
- No, todavía no.
Le pareció que la expresión con la que le miró ella no quedaba del todo definida y no supo descifrar si era reprobación o beneplácito lo que traslucía. Tal vez indiferencia. Preveyendo lo primero añadió:
- Quiero ver un documental que han anunciado sobre el mundo microscópico. Parece interesante.
A la frase le siguieron un silencio nuevamente indeterminado, media vuelta y el alejamiento progresivo y en perfecta perspectiva euclidiana de un cuerpo que se iba desvaneciendo en la penunmbra del pasillo. El vapor humeante de la infusión que sostenía en una mano envolvía el cuerpo de Lucía en la distancia, lo teñía de un aire místico. Parecía que levitaba de camino al dormitorio. Por un momento pensó en desdecirse de su intención primera y dejar a las ínfimas criaturas de medidas imposibles en la negrura de una pantalla apagada. Lucía desbordaba una sensualidad calma y acogedora, un estilo de encanto innato que le impregnaba el ser entero, los rasgos, los gestos, el alma, toda ella se aparecía en un terreno incierto y sorpresivo que transitaba entre el descuido inocente y la aguda perspicacia del ser inteligente capaz de prever los movimientos más rebuscados de las personas que le rodeaban. Era la belleza que uno podía encontrar en el ordenado caos de las cosas. Era guapa. Lo fue de niña -eso lo sabía por las fotografías heredadas de los álbumes de familia- y apostaría la vida entera a que lo sería también de aquí a bastantes años cuando muchos miembros de su generación aparecieran ya decrépitos o no aparecieran. Ella compensaría con creces las estridencias del tiempo en la piel, en los músculos, en los huesos. La suponía capaz de perpetuar esa energía arrolladora a lo largo de los años venideros. La admiraba y, sin embargo, notaba cómo se había ido desvaneciendo progresivamente el interés mutuo por el otro, la atracción, la comprensión, la paciencia, como si la conexión magnética que les llevo a conocerse y a decidir compartirse hubiera adquirido inexplicables fallas, errores cósmicos incomprensibles a la luz de cualquier entendido en las materias de compatibilidad personal. Su particular big bang había comenzado unos meses antes cuando Lucía, después de veladas insinuaciones, se había decidido a presentarse como futura madre de sus hijos.

- Creo que aún no estoy preparado -, dijo después de un silencio que se le hizo eterno y en el que notaba una expresión descontrolada de su rostro, como si no pudiera fijarse en la sonrisa que pretendía esbozar y se lanzara a un pánico que quería oculto. El rostro de Lucía no mintió entonces, nunca lo hacía, y mostró la derrota y el abatimiento, la decepción por el error en la elección. Sintió como se iniciaba la fractura cósmica y no pudo dejar de imaginarse en pretéritos y primitivos mundos, olisqueado por una Lucía ancestral y salvaje, despreciado y relegado en la tribu por un macho mucho más decidido e implicado que él en el aseguramiento de la continuidad de la especie. Hubiera querido decir que no había prisa, que aún eran jóvenes, que era un paso que él querría dar sin duda con ella, pero no en ese momento. Quiso borrar y no haber dicho su respuesta, pero ya estaba dicha y lanzada la frase y con ella abierta la herida ya por siempre mal restañada.

Pensó en todo esto mientras intuía que Lucía cerraba la puerta del baño y realizaba el ritual higiénico previo al sueño. Se levantó con la firme decisión de abordarla y decirle que él también quería un hijo. Lo iba a decir cargado de argumentos que consideraba sinceros, pero no de disculpa, de otra manera no hubiera resultado creíble a los ojos ni al entendimiento de Lucía. Sólo aceptaría un cambio de opinión razonado y convincente en ese aspecto trascendental de la relación de pareja. Era el momento de volver a ponerse a orbitar con sentido para el universo compartido, aunque sabía de sobras que no podría borrar la señal de alerta en la mente de Lucía, la prevención a la repentina falla que ya no la cogería de improviso ante una nueva duda suya. Pero justo cuando se disponía a iniciar sus pasos hacia el dormitorio una música grave y contundente reclamó su atención. El documental empezaba con una imagen impactante. Una pareja joven empezaba a besarse efusivamente en la pantalla y un zoom rápido e insolente trasladó su visión hacia el interior de las bocas de los amantes. No se detuvo. Siguió escrutando la saliva como un bajel se enfrentara a las corrientes marinas hasta que se hizo la oscuridad y aparecieron, refulgentes, incontables y veloces seres que se movían eléctricamente y sin sentido aparente. Una voz lanzaba una pregunta a los espectadores. Dos voces, en realidad. Nunca había podido entender por qué no se doblaban los documentales como las películas, por qué debían coexistir la voz del narrador original del documental y la del doblador. Era como si el doblador quisiese dejar claro que lo que contaba no lo decía él realmente, que no tenía que ver con él, que le había tocado ese trabajo en suerte, pero que el entendido en la materia no era él y que si por casualidad esgrimía algún argumento inconveniente él sólo se había limitado a traducirlo. Punto. Este pensamiento le irritó más de lo habitual -no era una novedad, tenía los adentros en aguardiente, le había dicho su madre-, pero aún así se sentó sobre el brazo del sofá con la intención de permanecer sólo un momento ante el televisor y seguir el camino al dormitorio que se había trazado decidido. -¿Alguna vez se han parado a pensar que cada uno de nosotros somos un universo de dimensiones descomunales? -. Y los microscópicos y luminosos seres seguían deambulando por la pantalla en un organizado caos de formas caprichosas, significando el silencio reflexivo con el que el narrador (los narradores) no pretendía respuesta alguna sino captar la atención de los espectadores imaginarios (el doblador no esperaba nada de eso, sólo seguir traduciendo). Y lo consiguió.

Sintió una cierta aprensión cuando las imágenes mostraron la capacidad máxima del microscopio electrónico con el que se había filmado el documental y el universo bacteriano mostraba rostros fantasmagóricos. Instintivamente cerró los ojos como no queriendo ver, como queriendo evitar que el próximo beso que diera a Lucía -esperaba poder hacerlo en un momento, sólo un poco más de documental- estuviera salpicado en su mente de una corriente de bacterias, virus y células que provocaran un acto reflejo y aséptico de distanciamiento bucal. Que no fuera a disfrutar de los labios y la lengua de Lucía como antes...  Se preguntó aún con los ojos cerrados si ese antes se refería al momento de ver estas imágenes o al comienzo de la era glacial de su relación.

El documental seguía avanzando en su planteamiento y apostaba por una teoría de organización molecular de toda la materia bastante novedosa y sorprendente. El narrador traductor parecía desmarcarse en ocasiones de las premisas expuestas y hasta dejaba escapar algún hilo irónico de su cosecha de tanto en tanto. Afirmaban las voces redobladas que el mundo microscópico que nos invadía estaba organizado minuciosamente y era prácticamente un calco de la forma humana de componerse la vida. Existían carreteras y autopistas, transbordadores aereos y vías ferreas por las que deambulaba un ejército bacteriano del que se mostraban imágenes cotidianas que lo mismo proyectaban el cortejo amoroso en el que el macho solía contorsionarse ofreciendo bellas formas a la hembra para impresionarla -ella también ofrecía eléctricas danzas- que lo mismo se descolgaban con autofagocitaciones diversas. Llegaba a establecer distinciones de comportamiento en base al sexo. Un zoom veloz mostró los movimientos planos y directos de los machos frente al movimiento serpenteante y oblícuo de las hembras. Casi sin darse cuenta se habían consumido los noventa minutos de duración del documental. Sintió que la espalda se resentía de la  postura antianatómica adoptada sobre el brazo del sofá, prevista breve, pero acabada larga. La reflexión final le dejó perplejo y pensativo. - Ahora imaginen que ustedes no sean más que una escala aumentada de ese mundo que acabamos de ver, una pieza intermedia de una descomunal muñeca rusa que se extendiera por todo el universo, ínfimos seres de un cuerpo colosal-. Una música de orquestación exagerada envió la mirada del espectador solitario hacia un firmamento estrellado, y hacia allí dirigió su pensamiento entre estiramientos lumbares y bostezos. Apagó el televisor, llevó la taza vacía a la cocina, apagó las luces del comedor y miró por la ventana. En este lado de la galaxia no había estrellas.

De camino al dormitorio volvió a pensar en todo lo que tenía que decir a Lucía. Que podía contar con él, ahora sí, para la prolongación en el tiempo de la pareja que eran y que habían empezado a dejar de ser. También le comentaría la idea expuesta en el documental, seguro que entendería el retraso en acudir al dormitorio. Imaginó la fractura empezándose a recomponer. Pero al llegar al dormitorio encontró la luz apagada y una leve y agradable iluminación procedente de una vela perfumada prácticamente consumida. No supo descifrar si Lucía dormía medio vestida o medio desnuda, pero la imagen le pareció de una belleza sin igual. Le había estado esperando, eso estaba claro, y se sintió definitivamente idiota por haberse quedado contemplando el documental -pero que interesante había sido- en lugar de acudir a la insinuación, a la invitación a la tregua que Lucía le había propuesto -ahora descifró la mirada lanzada-. Se quedó inmóvil. No se atrevió a despertarla. Sintió de nuevo la derrota encima de sí. La vela se apagó definitivamente y de la absoluta oscuridad vio cómo Lucía se descomponía en millones de bellas larvas iridiscentes que empezaron a moverse eléctricamente en todas direcciones, se elevaron lentamente y desaparecieron refulgiendo en el cielo sin estrellas de la ciudad. Volvió al comedor y encendió el televisor. Había empezado un documental sobre los agujeros negros del espacio.




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