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Blanco 537

Lo supo al desplegar el lienzo sobre el bastidor. Por el olor de la tela desnuda, una piel fibrosa de un blanco roto y glaciar, como un paisaje antártico con sentido en su ausencia luminosa de color. Lo supo porque esas cosas las sabían los pintores con una cierta experiencia y él acumulaba ya bastantes años entregándose a la aplicación de los óleos sobre la tela. Su técnica y su estilo habían ido evolucionando de la figuración a la abstracción en un tránsito a la simplificación de las cosas aparejado a la madurez creativa. Así lo veía él y así lo expresaba cuando tenía la oportunidad de departir sobre materia pictórica en algún café de medio pelo con algún colega, hasta que la noche se vestía de un bohemio alcohólico y anticuado. A pocos les interesaban estas discusiones sobre el proceso artístico. Hoy nadie estaba dispuesto a partirse la cara por defender un concepto del arte pictórico enfrentado al de algún rival en artes como hicieron aquellos genios prevanguardistas en aquel París de la bohemia. Sentía que todo se había banalizado estrepitosamente y la pintura no era una excepción. Menos aún el arte en general. Cualquier imbécil bien relacionado podía exponer hoy en las mejores galerías revueltos de materiales que, bajo el amplio cobijo semántico del collage, mostraban incomprensibles combinaciones de calcetines usados, zapatos gastados, losetas de pavimento urbano y uñas de los pies en series repetitivas que podrían llamarse Visiones: Perspectiva suelo, o cualquier otra sandez... Cualquiera podía presentar tres brochazos sin sentido, dispersos sobre la ruda tela de saco y titularlo Kaos: triángulo en descomposición. Todo se aplaudía y todo se celebraba. Bastaba que el nombre que los firmara fuera seguido de un apellido reconocido -mucho más reconocido si provenía de familias influyentes en cualquier ámbito que acabaran siendo generosas en financiación-. Tampoco él era ajeno al mercantilismo y clientelismo artísticos. Los encargos de bodegones futuristas habían sido su fuente de ingresos en los últimos años. Gustaban entre las clases emergentes por su adaptabilidad a los salones amplios y claros que se habían puesto de moda. El juego de luces que generaban los reflejos pictóricos de los frascos de vidrio sobre las pastillas alimenticias de colores provocaba un ambiente psicodélico muy del gusto y del estilo actuales.
Pero hoy no estaba en su estudio, un cuartillo de sobreático con ventana cenital, para pintar el bodegón 537. Los numeraba no tanto para saber cuántos originales de estas series estaban desperdigados por el mundo, sino para controlar si las asignaciones económicas que le hacía su marchante se correspondían con la producción que generaba. Descontando el alquiler y las comisiones, claro. El estudio era propiedad del marchante y sentía que su vida también lo era. No, hoy estaba allí para empezar la obra cumbre que todo artista pretende crear algún día y por la que suspira desde que empieza a tener conciencia de su don creador. La obra perfecta que sería reconocida, tal vez no de inmediato, tal vez póstumamente, pero eso no le importaría demasiado, pensaba. -El ego del creador debía trascender los tiempos-, decía en las tertulias de poca monta a las que era invitado cada vez con menos frecuencia. -El espíritu de Van Gogh se caga en la mísera vida de vivo que tuvo (válgale la redundancia, más después de algún trago excesivo de whisky) y se regodea hoy en su genio, se ríe a carcajadasde las miradas que observan sus obras porque nunca podrán entender en su plenitud el significado de su creación... ¡Nadie me preguntaba antes!-. Y una risa histriónica seguía a sus manifestaciones y algún otro trago también.
Hoy iba a empezar a trascender al tiempo y a eternizarse un poco. Un poco no. Si uno se eterniza, se eterniza para siempre, eso es lo que tiene la eternidad. En realidad es lo que pretende todo ser humano -pensaba-, sólo que únicamente el artista es capaz de materializar esta incomprensible e incomprobable eternidad en sus obras, de perdurar en ellas. Por eso no entendía esas obras construidas con materiales perecederos -el arte nunca fue de cartón piedra-... Y nuevo trago largo... Ante sí se encontraba el blanco y la posibilidad, por tanto, de cabalgar los tiempos pasados presentes y futuros en forma de pintura sobre una tela aún virgen. Apuró el vaso de whisky y se puso frente al lienzo como un pionero antártico dispuesto a adentrarse en el paisaje glaciar con una paleta de colores que tenía más que estudiada. La perfección trascendental que quería plasmar en el cuadro era el alma humana, como una representación de la parte espiritual que crea y percibe y sin la que el arte no podría ser arte como el hombre no podría ser hombre, aunque esto último cada vez lo empezaba a dudar más. Midió cuidadosamente el espacio y marcó el centro del lienzo para empezar a distribuir el óleo. A base de unos grises muy matizados y leves creó un espacio cuadriforme y difuminado de unas transparencias casi etéreas. Sobre el blanco aparecía como un ente fantasmal y calmo al tiempo, el misterio y el sueño, la materia inmaterial de la esencia humana representada... Sus sensaciones no le engañaban... La perfección era eso... Pero, ¿qué era el alma sin pasión, sin la chispa que mueve el mundo? Y de un pigmento granatoso impegnó la punta de un pincel y lo depositó cuidadosamente en uno de los extremos de la incierta forma leve y gris. Tenía que ir ahí exactamente para crear el movimiento. El alma serena que alberga la pasión que la agita. Se sintió extaxiado. Miró y volvió a mirar el cuadro. Lloró y se rindió ante la perfección recién creada y ante la última botella de whisky, o era ron, ya no lo sabía bien. Y su cuerpo se abatió ante el camastro que tenía habilitado en el estudio vencido por la embriaguez y el sueño.
Al despertar retumbaban en su cabeza los ecos de la emoción y del alcohol mal medido. Debía de haber dormido mucho. El nuevo día se había desvanecido sobre la ventana del techo del estudio dejándolo sumido, como su sesera, en un fantasmal juego de luces y sombras. Mal acertó a levantarse y tropezó con un taburete que tenía dispuesto a modo de mesilla cerca de la cama (sustantivo algo generoso si se hubiera de corresponder con el lecho acolchado donde había dormido). Cayeron al suelo unas cuantas pastillas y un vaso vacío que alguien había colocado encima de un sobre a modo de pisapapeles. Sin duda el marchante había estado allí -solía presentarse sin avisar y no era la primera vez que le había dejado dormir algún exceso etílico-. Se sentó para intentar equilibrar el universo que le rodeaba y abrió el sobre. Dentro, unos cuantos billetes y una nota manuscrita que no acertó a leer en primera instancia entre la penumbra. Cuando pudo centrar la vista y juntar u comprender los trazos escritos sintió que el mundo se desplomaba sobre su malrecho cuerpo y su patético estado: "Te dejo el dinero de las dos últimas ventas. Te he descontado el alquiler y la bebida como siempre. Por cierto, éste último que has pintado me va a costar venderlo un huevo, jodido. Céntrate y no me vengas con más mariconadas, ¿vale?". Encendió la luz y comprobó, desolado, cómo la perfección había sido envuelta en un rudo papel de embalaje y le colgaba una etiqueta con una inscripción que asestó una fatal puñalada a su ego artístico: "537. Bodegón. Distorsión". Lloró como se llora la desesperación que no encuentra consuelo en el mundo al que maldecía una y otra vez. Lloró y volvió a llorar de nuevo. Las lágrimas conservaban todavía un ligero sabor a whisky... O tal vez era ron.

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