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Trascendente

Le extrañó que el día más trascendente de su vida fuera transcurriendo de una forma tan cotidiana. Había amanecido como amanecen los días anodinos, con una pulsación desganada, tal vez malintencionada, sobre el despertador de la mesilla. 06:28. Cualquier otra persona hubiera despreciado el espacio temporal de los dos minutos anticipados a las seis y media de la mañana y hubiera programado el despertador a la media hora exacta. Tampoco lo hacía por remolonear a sabiendas que le que quedaban dos minutos de bostezos y medias vueltas que nunca son suficientes para alargar ese sueño que tampoco basta nunca del todo. Tal vez fuera esa la primera señal de la trascendencia del día. Todos los días importantes comienzan como cualquier otro día, pensó. Seguro que a Einstein también le sonó un  despertador insolente el día que dio con la formulación definitiva de la teoría de la relatividad. Es la rutina la que se deja sorprender por lo inesperado y también la que a veces premia la constancia. Lo entendía así y así se resignaba a sus días milimetrados, esperando lo inesperado o la culminación de la esperanza (o tal vez debería decir deseo). Pero, de momento nada sustancialmente diferente a los días en los que todo transcurría por los cauces de lo cotidiano y lo previsible. No esperaba tampoco uno de esos días con escenas impostadas del mundo de la publicidad, esos anuncios de perfumes carísimos con mujeres sublimes que sonríen a la cámara con el punto exacto que es mezcla de dulzura, candidez y deseo -el momento del enamoramiento al fin-. Cómo se podía fingir ese estado... -pensó- mientras tomaba un café que le supo igual al café de ayer... Y al de antesdeayer. Tampoco -se dijo con la mente contrariada- era él un tipo de anuncio de perfumes, ni el de rudos pectorales de los masculinos ni el de desbordante fulgor del magnetismo hipnótico de los cuerpos XY de los comerciales femeninos. No, él era un tipo hecho y entregado a la ciencia, a los cálculos numéricos y a las hipótesis teóricas. De los que se podrían considerar aburridos por los que no aprecian los enigmas de los cálculos y la filosofía endiablada que encierran. Un apasionado de los detalles colaterales que la propia ciencia a veces desprecia como restos insignificantes del tronco fundamental de una teoría. Sólo él se había atrevido a formular que en el inevitable deshielo de los casquetes polares no se había tenido en cuenta un más que probable colapso energético que acabaría provocando también el deshielo progresivo de todos los frigoríficos congeladores del mundo. Una media de 4,5 litros (recogidos con la fregona de precisión y medidos con el cubo milimetrado) por los 2.500 millones de aparatos que se calculaban en funcionamiento en el mundo daban una cantidad suficiente, así, arrojada por los desagües globales hacia los mares y oceanos, como para elevar el nivel de estas aguas en 45 centímetros más de lo previsto. Por tanto el punto de supervivencia al momento kaos tantas veces vaticinado habría de situarse 45 centímetros por encima a los 20,8 metros establecidos por la teoría del kakaos.
Así era él, un detallista de los cálculos, y así había dado con la formulación de la teoría que hoy mismo tenía que comprobar. Un algoritmo definitivo que pondría patas arriba el universo entero de confirmarse su exactitud. Mediante este cálculo basado en la esperanza media de vida de las personas, su fecha y hora de nacimiento, la composición de su mapa genético traspuesta en modo sexagesimal y ciento cincuenta variables más del entorno social y cultural de las mismas, podía determinar cual sería el día más trascendente de una persona concreta, aquél que determina de manera de manera inequívoca el resto de los días y arroja al ser entero a una forma determinada de ver, sentir y vivir la vida... Qué podría dar a ese día el carácter trascendental era una incertidumbre en la que tenía que trabajar largo tiempo todavía. Pero la utilidad del hallazgo era clarísima para él: el estado de prevención y alerta que uno debería adoptar ante ese día concreto, ante sus sucesos aparentemente inocentes pero de matices diferentes (aunque fuera muy sutil esta diferencia) al resto de los días vividos. Vaya usted a saber, una mirada, un encuentro aparentemente casual, una pelea, un atasco más grande de lo habitual, el saludo de un vecino, un perro que no ladra al pasar, la encomienda de un trabajo diferente, una entrevista inesperada... Imposible saberlo aún.
Y sin embargo, en su trayecto al centro de cálculo donde trabajaba, nada diferente al bucle de sucesos diarios que por corrientes pasan inadvertidos, acomodados a una retina acomodada a la sucesión lógica y ordenada de calles y edificios, semáforos y señales, personas y fantasmas andantes abstraídos. Nada que hubiera despertado su atención agudizada ese día como nunca. En este pensamiento empezó a sentir un sudor frío en la espalda que contradecía la calidez sudorosa de sus manos. El desarreglo térmico terminó en un escalofrío que vino a inyectarle la duda (la terrible duda que tanto odiaba en el certero mundo de los números) de si sería capaz de distinguir este hecho diferencial una persona como él, ensimismada siempre en el perfecto y lógico mundo de los cálculos. ¿Y si ya a estas horas hubiera pasado por alto, por ejemplo, la mirada de la mujer que tenía sentada junto a sí en el autobús? Una mirada que buscara algo más que el reconocimiento antropométrico, que hablara de espacios y tiempos compartidos, de futuro impreciso... ¿Cómo iba él a reconocer eso? Echaba ahora en falta haber dedicado más tiempo a la observación exterior del mundo, a la vida que pasa alrededor de uno mismo, aunque fue esa misma vida –no lo olvidemos-, se dijo para sí-, la que le fue empujando a base de decepciones hacia ese mundo en el que todo encaja, hasta él con sus rarezas. Cuando a alguien no le gusta lo que ve en la televisión, antes de apagarla hastiado, cambia de canal a la búsqueda de sintonía y afinidad visual. Él se había resintonizado paulatinamente en un mundo nuevo plagado de opciones que la mayoría de los mortales desconocían. Además, de confirmarse, tal y como preveía, esta teoría, podría decir que había sido capaz de conectar dos mundos, de hacer útiles las ciencias numéricas para la vida esencial de las personas. No se trataba de física aplicada al funcionamiento de un ascensor, o al diseño de miles de máquinas que pretenden, ilusioriamente, hacernos la vida más fácil. Se trataba de poder elegir el destino, de minimizarlo o evitarlo cuanto menos. Si en éste –su día D-, por ejemplo, acababa conociendo a una persona y por un momento sintiera lo que pretenden que sintamos esos anuncios de perfumes, deseo, atracción, podría estar casi seguro que sería esa la relevancia trascendental que le depararía la vida. Como la voz de un ente superior que evidenciara lo que para él ya sería evidente: "Ahí lo tienes, el destino ante tí... Y tú decides. Tómalo o déjalo. Corresponde a la sonrisa o sonríe tú primero... O ignora el momento y la persona y sigue. Tú decides...".
En el centro de cálculo tampoco halló transcurso diferente al devenir de las horas de trabajo frente a los complejos ordenadores que procesaban miriadas de números a velocidad inimaginable. En el fondo más sincero de su pensamiento, allá donde suelen surgir los deseos, creía que la confirmación de la formulación teórica sería el acto trascendente de su vida. Una doble trascendencia para él y para la humanidad entera al fin que haría el mañana distinto, diferente, libre. Imaginaba a las multitudes desgajadas en sus diseminados centros vitales, con forma de hogar algunos, con forma de bar otros, con forma de automóvil en atasco quilométrico, allá donde se pudiera recibir la señal de un informativo que interrumpiera cualquier programación banal, recibiendo la noticia del hallazgo numérico-esencial. Pero lo cierto es que, de momento, no podía anunciar nada puesto que nada había despertado el instinto ni la intuición alojadas en algún punto recóndito del hemisferio izquierdo de su cerebro. Y eso empezaba a resultar inquietante para alguien que intentaba no despreciar ninguna posibilidad, ninguna deriva numérica o funcional que pudieran tomar las teorías en las que trabajaba. Si al final no podía demostrar la veracidad de su teoría sería como un mazazo a sus expectativas, no tanto por tener que reconstruir y repasar los cálculos (no, a eso estaba acostumbrado, a aprender de los errores y abrir nuevas puertas numéricas), sino por los años dedicados a la materia. Diez años eran muchos hasta para quien mide el tiempo en una escala diferente al resto de los mortales y es capaz de despreciar las vivencias que cualquier persona en edad jovial por no cuadrarle el sentido de las mismas. Tardó unas dos horas más en repasar toda la formulación y no halló errores. Sintió que sudaba de nuevo y esta vez notó también que le faltaba un poco el aire. ¿Y si la trascendencia que le acababa aportando el día iba a ser su condena al fracaso? Se sentía aturdido por primera vez en muchos años. No recordaba esa sensación en todo el tiempo que llevaba trabajando en el centro de cálculo. Tal vez fue por eso por lo que fue también la primera vez que dijo sí a la pregunta desganada y de respuesta sabida, lanzada casi de espaldas a él y desde la distancia y la intención de quién le ha ganado la indiferencia pero le puede aún la cortesía: - Me marcho ya, ¿vienes? La voz había sonado igual a la misma voz que desde hacía unos tres años le había asignado el departamento de investigación del centro de cálculo como asistente administrativo, María, una chica de la que no sabía casi nada puesto que su relación se limitaba a las órdenes de archivo y búsquedas de información que él le asignaba. Pero la respuesta sonó diferente al "Me quedo un rato más, ve tú." de siempre: -Espera un momento, María, te acompaño...
Necesitaba compartir con alguien la desazón que sentía y fue María la que se puso al paso, tal vez nadie más se pondría hoy. Se dio cuenta que sabía realmente muy poco de María, ni siquiera si su casa le cogía de camino. La intuyó unos diez años más joven que él... O tal vez fuera él quien estuviera diez años envejecido. Le pidió que le acompañara a tomar algo a un bar cercano al centro de trabajo. María asintió con la prevención y la extrañeza de las situaciones no esperadas y no estaba segura de haber hecho lo mejor al ser cortés con su jefe y anunciarle su marcha diaria. Sin embargo comprendió rápidamente la situación desasosegada en la que estaba sumido. Después de escuchar y casi entender toda la explicación sobre el desarrollo que había realizado permaneció un rato en silencio, haciendo algunas anotaciones en una servilleta de papel, como improvisadas rectificaciones. Él se fijó por primera vez en su melena cobriza y cómo le caía descuidadamente por el rostro. Le pareció un gesto agradable, dotado de algún encanto que no sabía explicar, se abstrajo un momento de su obsesisón trascendental y pensó que podría estudiar la relación numérica que podría existir entre asimetría y belleza, pero María le despertó de su breve lapso para hacerle una observación: - Yo creo que no has tenido en cuenta la intencionalidad.- Dijo esto mientras rodeaba con un bolígrafo rojo una i escrita por ella con el mismo color. -Yo utilizaría un sitema binario sencillo para valorarla... O existe la voluntad de que las cosas pasen o no existe, así que un valor de uno si es positiva o de cero si es negativa bastaría... Un factor que relacionara toda la fórmula que, por otro lado, me parece de una precisión exquisita, magistral-. Hizo varias observaciones más en un tono desenfadado y jovial que llegaron a arrancar alguna mueca risueña a su jefe. Él también hizo algunas puntualizaciones y, casi sin darse cuenta, la noche empezaba dejar caer su opacidad por la ciudad. Se ofreció a acompañarla, tal vez en un gesto paternalista y protector, pero en el fondo se estaba sintiendo cómodo conversando con María y quiso alargar la sensación un rato más. María agradeció el gesto y premió los diez minutos a pie que mediaban entre el bar y su casa con una conversación ingeniosa y divertida sobre la abstracción matemática que arrancó, ahora ya sí, sonrisas liberadas del rostro de su jefe. Al llegar al portal del edificio moderno y acristalado donde ahora sabía que vivía María y antes de que él pudiera lanzar alguna frase de despedida, recibió la invitación de María para subir a su casa y charlar un rato más. Notó cómo se iban tornando rígidos sus músculos faciales y cómo un nuevo sudor frío comenzaba a descender por la espalda. Compuso una articulación de palabras que tropezaron torpemente en su lengua y que venía a decir que se pondría a trabajar en las observaciones que habían compartido, que estaba impaciente por ver el resultado, que le agradecía la invitación, pero tal vez en otro momento... De la boca de María salió un bueno, pues hasta mañana entonces que le sonó a decepcionado, aunque tampoco podía estar seguro de eso, prefirió pensar que era cansancio. Se quedó un rato mirando el edificio acristalado y parcialmente iluminado en un mosaico claroscuro. Puede que esperara el encendido de una nueva luz, pero pronto empezaron a asomar a su pensamiento extraños cálculos de estructuras y de relaciones de formas geométricas aplicadas a la arquitectura que le llevaron lejos de la primera, puede que oculta intención.
Al llegar a casa tomó un vaso de leche fría y desplegó la carpeta con multitud de papeles sobre los que colocó, cuidadosamente, las servilletas de papel con las anotaciones de María. Resaltaba el rojo sobre el negro como un movimiento de pasión numérica. Introdujo las variables sugeridas, rehizo cálculos e introdujo toda la información nueva en el ordenador portátil para procesarla. El resultado dejó una desazón indescriptible en todo su ser. El resultado tendía a infinito cuando el valor de la intencionalidad era uno y arrojaba una indeterminación, ese agujero negro matemático, cuando era cero. Se sintió aturdido, con ganas de llorar, pero no lo hizo. Quiso llamar a María y explicarle, pero se dio cuenta que no tenía (nunca lo había tenido) su número de teléfono. Ahora si notó algún brote acuoso de sus ojos. Se metió en la cama con la intención de dormir y borrarse. Miró de reojo el reloj despertador de la mesilla: 00:00. Deseó con todas sus fuerzas ser intrascendente y que su formulación primera fuera errónea.

David%20S%C3%A1nchez


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