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Tricromía de un final: 3.Habitación (negro)


La habitación negra (Mario de Antonio Frank)
Te lo he dicho y me has mirado sonriente, con la alegría contenida de quien consigue ganar la batalla, no por las armas ni por la fuerza de las manos, sino por el convencimiento y los argumentos. Has sonreído victorioso sin pensar en mi promesa. O tal vez pensando que la has borrado de mi voluntad, ese sería tu triunfo y también tu conquista. El espíritu satisfecho del guerrero ancestral que lleváis los hombres. Tanta lucha plasmada en esta cama revuelta con el sexo -aún tan reciente- impregnando la habitación oscura de tu lujoso apartamento. Tanta lucha hecha sudor esparcido y feliz. Y tú has decidido borrarte su huella con una ducha. Te lo he dicho: soy feliz. Y tú has sonreído como sonreíste el primer día, tras un café humeante que te desdibujaba un rostro abatido. Me sonreíste en tu tristeza y yo te besé en mi desesperación. No te mentí entonces, te besó mi acabamiento irremediable. No me mentiste, me besaron tus ganas de acabarte. Y me amaron como nunca, o como siempre desde aquel momento. Pero hoy lo he sentido: soy feliz. No por el sexo o sí por el sexo pero como culminación de una plenitud interior que he notado desbordante en mi delgadez galopante, me ha parecido que trascendía este cuerpo que pronto será podredumbre. Y yo no quiero que este sentir se pudra conmigo. Prefiero dejarlo aquí, irme, borrarme, no ser -ya te lo dije aquella tarde-. Y tú me has mirado sonriente, colmado también de eso que podríamos llamar felicidad y que me has regalado en la entrega física y también en la etérea, la que desborda tu mente desde lo más recóndito e inalcanzable de tu ser -podría decir de tu espíritu-, un hilo, una sombra de aquel pingajo depresivo que descubrí aquella tarde tras el humo acalorado de un café. Tú también te has hecho a mí, en poco tiempo, el suficiente para no ser demasiado y hacerme costumbre en tu vida. Pocas veces he tenido la certeza de algo y hoy lo sé: soy feliz y feliz me voy, te lo dije aquella tarde aunque tal vez no te acuerdes o creas que no voy a ser capaz. No me han faltado ganas de asaltar tu cuerpo empapado en la ducha y seguir un poco más y seguirte en esa escapada que has envuelto de misterio aunque yo sepa bien dónde has ido... Ese vestido rojo que vimos anoche en esa tienda cara del centro, a la vuelta de tomar y reir un rato y jugar a encajar mi escueta silueta en las ajustadas formas de la prenda inmóvil tras el escaparate. Pronto seré como ese maniquí, blanco, inerte, y me podrás cubrir con esa prenda aunque yo ya no la vea -el corte iniciado, suave en el anverso de la muñeca-. La sangre se me irá y también la vida y también la muerte que ya me ansiaba. Me has mirado sonriente y eso me basta como bastan las letras que ponen final a las películas y ya nadie se pregunta nada más, porque ya no importa, ya no está en la historia. Y yo y mi historia nos acabamos aquí, felices en la negrura total que será tu habitación en breve. Punto final.




David%20S%C3%A1nchez

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