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Imbécil

Lo supe sin querer: soy imbécil. Me lo contaron sin yo pedir que lo hicieran, al asalto de la intimidad que ciertas personas perpetran sin el menor remordimiento ni consideración. Como quien se presenta a cenar sin ser invitado y además su presencia no adquiriera siquiera la categoría de sorpresa, ni mucho menos, agradable. Me contaron una vez. Sin yo querer saber. Era lo que menos quería, saber de un pasado que había borrado voluntariamente del espacio recurrente de mi memoria. Podría haberle tapado la boca al idiota de cara rancia que se empeñó en sentarse a mi lado y empezar a hablar. La gente tiene tanta necesidad de hablar, de rellenar los incómodos huecos del silencio que suelta labia y lengua sin medida. Pero ahora lo sé. Soy imbécil. Y además considerado. Y me pareció de mala educación ignorar al tipo que empezó a hacer comentarios al aire, sin que aparentemente se dirigiera a mí al proferir maldiciones genéricas al tiempo, al tráfico, al alcalde o gobernante de turno. Qué más da cuando lo único que se pretende es llamar la atención como lo haría un perro al ladrar, anunciando que está ahí. Levanté la mirada del periódico y, dando un sorbo al café, busqué cruzarla con la suya para que se sintiera escuchado en su desencanto tan global y echarle freno. Hacerle saber con el gesto que su plañir había tenido receptor y no había caído en saco roto y que era el momento de empezar a tomar su café y de acabar el mío. Pero ya lo he dicho. Soy imbécil. Le debió de parecer que le daba cancha con la mirada -cómo no supe prever esa reacción- y que correspondía a su lanzada verbal contra el mundo. Se dispuso a atacar de nuevo con el verbo y esta vez parecía que iba a apoyar los flancos débiles de sus argumentos con la gesticulación de sus manos. Se hizo espacio en la barra y escoró su artillería hacia la leve inclinación de mi mirada y mi café suspendido en dos dedos. Estaba ya preparado para dar suelta a la veborragia y yo para recibir la embestida, pero, de repente, la detuvo una porción de tiempo insignificante, una quebrada de segundo quizás, en el que quise ver algún tipo de arrepentimiento prematuro ante la tropelía verbal que estaba a punto de cometer. Soy imbécil. La breve pausa sirvió para que fijara su mirada ligeramente inclinada hacia arriba, como quién busca visualizar algo en su memoria y concentró la amplitud de sus manos en el dedo índice derecho:

-Yo te conozco.
-Me parece que me confunde-. Repuse. Y lo dije más por quitármelo de en medio que porque realmente estuviera convencido de no conocer a aquel tipo. Veo y trato con mucha gente al cabo del día, un trato breve la mayor parte de las ocasiones. Asegurar que no lo había tratado alguna vez era imposible. Conocerlo ya no tanto. Soy un fisonomista pésimo, pero en el conjunto de presencia más voz más gesticulación me las compongo bastante bien y ese conjunto no lo identificaban mis sentidos ofuscados por la inoportunidad de esa presencia que ahora me señalaba insistentemente y no permitía que acabara mi café ni terminara de hojear el periódico. Pensé en levantarme y marcharme, pero no lo hize. Soy imbécil y él continuaba insistiendo:


-Yo te conozco.
-Vaya, pues usted en cambio no me suena de nada-. Hice el gesto de apartar la mirada como quien se retira en la batalla, no en huída, sino a resguardo de la ofensiva. Pero no fue bastante o él fue más rápido. El dedo señalador se ayudó de los otros cuatro agazapados para formar un asidero que tomó mi antebrazo.
-Sí, hombre. Sí. Tal vez tú no te acuerdes, pero yo sí. Recuerdo una calle en un barrio de poca monta. Recuerdo un niño que ya no lo era tanto, que andaba lejos de los juegos o de los corrillos de los otros niños que también estaban dejando de serlo. Recuerdo unos cigarrillos fumados a hurtadillas y recuerdo las risas hacia el paso de aquel chaval incipiente tantas tardes...

Estaba entrando en un camino que transitaba entre el desconcierto y la irritación. Cómo podía ser que alguien del que yo no sabía nada -cada vez estaba más convencido de ello- tuviera registradas aquellas imágenes que podían coincidir perfectamente con las del ocaso de mi infancia o las de mi adolescencia primera. Quién podía retener aquesllas escenas tan frescas. Las mismas que yo había tardado años en borrar, voluntariamente y a conciencia. Quién podía haber reconocido al chaval que fui en el hombre que soy. Ahora quería preguntar yo, pero el tipo seguía en su relato:

-...Recuerdo una niña que ya andaba crecida también y una tarde abordó decidida a aquel chaval a la entrada de un portal y quiso besarlo. Recuerdo las manos entrelazadas y la huída del zagal a la carrera... Y nuevas risas en los corrillos y la niña, crecida ya, confirmando lo que ya intuía: "Os lo dije, es imbécil". Tanto tiempo duró aquel chascarrillo...Sí, hombre. Tú eres aquel chaval. Lo llevas dentro.

-Le repito que se confunde. No soy yo-. Volví a no querer saber y me apresuré a terminar el café de un sorbo. El periódico hacía un rato que permanecía inmóvil en su página 10.

-Vaya, pues me habré equivocado-. Se levantó sonriendo y pagó sin haber probado su café. Se dio la vuelta y se marchó riendo y soltando algún improperio al tiempo gélido del invierno.

Aunque tenía ganas de salir corriendo de allí, permanecí un tiempo prudencial junto a mi café ya finalizado, junto a la página 10 del períodico que se me había hecho borrosa e ininteligible. Intenté pensar en todo aquello como un suceso casual que nada tenía que ver conmigo. Pensé en la crueldad de los observadores de crueldades que sólo registran y relatan. Que no hacen nada. Poco más que las cámaras que nos observan ya desde cualquier lugar de la ciudad y que contienen los pasos de nuestro pasado, aunque queramos borrarlo. Finalmente pensé que tenía razón la chica. Todo aquello me seguía importando. Soy imbécil.

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