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Poesía barata

Leí hace unos años, cuando se empezaba a avistar la profundidad de la crisis económica en la que andamos inmersos y sus devastadoras secuelas, un artículo de una periodista -creo que era Maruja Torres, pero no estoy seguro del todo- en el que se proyectaba a un futuro que se parece bastante a nuestro presente: "Un día nos dirán que hemos salido de la crisis y no nos habremos dado cuenta...". Reproduzco de memoria y puede que la frase no fuera exactamente así, pero bien podría refererirse al momento actual. Un momento en el se insite en decirnos que los indicadores económicos se encumbran a los cielos de positivismo, mientras persite, en tierra firme, un paisaje arrasado por todo lo perdido. "Nos miraremos y no sabremos qué ha pasado...". No sólo desde el gobierno se intenta esparcir esta idea del ya pasó. Puede que sea por hartazgo, porque el ser humano necesita aire para sus velas y no deja de buscar asideros, caminos y mares con vientos propicios. Pero si uno echa un vistazo a la prensa -y la prensa de verano, ese que acabamos de pasar, es aún más propensa a la idiotez que la del resto del año-, si uno se fija en la programación televisiva, asiste también a una edulcoración nauseabunda de la realidad. No sólo en la bazofia y en la carnaza que son los programas basura disfrazados de no sé qué interés general, sino en la superficialidad con la que se trata todo (todo lo que llega a tratarse, claro) en los noticiarios, también en prensa escrita. Todo acaba siendo un compendio de opiniones de opinadores capaces de hablar lo mismo y con idéntica contundencia de la crisis de los refugiados sirios que de la cría del mejillón salvaje. Y eso acaba trasladándose al día a día y todo acaba resumiéndose en un combate que acaba encumbrando normalmente no a quien más argumentos muestra sino al que grita o puede gritar más. Todo es apariencia. Apariencia de sesudos y serios debates -que buenos serían si fueran respetuosos y argumentados, si no nacieran viciados- que no son más que escenificaciones de tópicos manidos y gastados. En pocos hay análisis razonados con  datos objetivos y se exponen formas alternativas de hacer, de ser, de vivir. Éstas se tratan como aspectos residuales de un sistema que lo controla y lo arrasa todo. El mismo sistema que marca el camino y elige gobiernos si es necesario, que decide cuándo actuar y cuándo no, cuándo dejará ir unas cuantas bombas o dejará expandir una epidemia, cuándo dará aire o provocará la asfixia económica. El mismo que nos dirá que somos libres y que sí, que la crisis ya se está acabando, y que es bueno que el "Star System" de referencia (clasista, deportivo en su mayoría) cobre cuantiosos emolumentos porque generan mucha actividad para miniasalariados conformistas o que llevan la indignación como un tatuaje de moda, de esos de quita y pon. Indignación que tampoco está pasando de la berrea y combate en la superficie de las cosas. Cambio no sólo es mejora económica, es estar dispuesto a asumir también sacrificios y compromisios, renuncias y responsabilidades, vivir y convivir de otra manera. ¿Cuántos estamos de verdad dispuestos a ello?
De ese interrogante se sirve el sistema, el mismo que pondrá el grito en el cielo porque la decisión de una empresa automovilísitca de trucar motores puede hacer perder valor a los accionistas de la misma, el que ya está pensando en cómo repartir la rebaja de costes que habrá que asumir -tendremos que asumir- para recuperar ese valor "necesario" para los mercados y pasará de puntillas sobre el malnacido que ha estado jugando con el medioambiente, que es nuestro pan primero. El que nos dirá que eso no se tiene que repetir (habrá que inventar nuevas tretas para esquivar nuevos controles) y que es bonito y gracioso que el niño de un futbolista y una cantante -ambos de fama reconocida- sea noticia porque ya sabe chutar el balón. Y es un alivio que sea así, porque en la noticia anterior otros niños con peor suerte que la nuestra se agolpan en fronteras de alambres de espino o se ahogan. ¿De qué os quejáis?¿A que siempre hay alguien que está peor?
Será el día. O tal vez seré yo, ese minúsculo engranaje del sistema con alguna muesca díscola y defectuosa que de tanto en tanto monta una barricada de palabrería, un parapeto de poesía barata y piensa que con eso ya hace algo. Y luego gira. Y sigue girando.


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