Ir al contenido principal

Perspectiva

Se acostumbró a verlo todo desde el margen de las cosas y aún así nunca se sintió marginada ni marginal. Le gustaba anotar las ideas que le sugerían las lecturas ya fuera en libros, ya fuera en revistas, en diarios o en prospectos medicinales. Tenía la necesidad de interpretar el mundo desde los mínimos espacios que le iban dejando las letras ya impresas; la vida desde el rincón de algún tugurio. A fin de cuentas era la propia  vida la que se empeñaba en empujarla hacia los extremos. Demasiada gente en el centro para su gusto, demasiada uniformidad, demasiada y unánime estupidez colectiva que pocas personas se atrevían a interpretar de una forma crítica. Y en el fondo tampoco era esa su intención, criticar. Se sentía simplemente una cámara oculta que registraba y transcribía la cotidianidad sin ser vista. En los márgenes, como detrás de las cortinas de los reservados, todo estaba permitido. El beso más profundo, el sexo más oscuro, el llanto y el grito desgarrado. El placer de la libertad escueta que le iba regalando el pasar de los días y que no rendía tributo ni cuenta alguna al razonamiento aprendido. A lo que se consideraba bueno o lo que parecía malo. En los márgenes las cosas pasaban sin más, sin juzgar. Sólo anotaba sensaciones que luego intentaba recrear al azar, revivir aleatoriamente en una suerte de ensayo complejo nacido del orillamiento más absoluto. Y desde allí surgían vidas improvisadas y fortuitas, como recogidas del fondo de un cenicero, como la suya, sin más argumento que el ser sin que tuviera que existir un sentido para hacerlo. En una esquina de un poemario de Bukovski encontró un lugar que le pareció un buen sitio para vivir. Se inscribió allí con un lápiz de ojos, el mismo con el que se despidió del último tipo con el que compartió cama, dejándole una nota en el margen del espejo del cuarto de baño: "Me voy, eres grande, demasiado. Me estabas nublando la perspectiva".

Entradas populares de este blog

Retratando a(l)ma

Puedo estar, sin pretenderlo, consolidando una sección sobre mis instagramers favoritos. Y favoritas, que dirían los políticamente correctos y los gramaticalmente confusos. Y confusas. Aunque no les falte razón para afirmar que también en el lenguaje hay un machismo intrínseco, como en casi toda la historia y la vida asumidas. La verdad es que si me detengo un momento a pensarlo, hay más favoritas que favoritos. Y no creo que sea cuestión de género como ya comenté una vez por aquí a cuenta demi lado femenino. Qué narices importará todo eso cuando se habla de sensibilidad artística. Nada. Sólo que una de esas favoritas es, sin duda, Isabel López, @venkatesulu para los que frecuentamos la red social de la fotografía móvil. Hace tiempo ya que me atrapó su manera de encuadrar y aislar escenas de la vida con un smartphone, casi siempre en blanco y negro, como buscando un contraste esencial y común a cualquier sentimiento. Instagram le ha dado merecido reconocimiento a su trabajo en varias…

Nadie sabe nada

Será que últimamente leo mucho a Leonard Cohen, al que entró en la madurez cuando yo era muy joven. Al que iba envejeciendo acumulando amor, sexo y fanfarronerías por un igual, al que ya llevaba a Lorca aposentado en las venas y se propuso que le sobreviviera llamando así a su hija. Será por eso que me volví a topar con Everybody Knows, la primera canción que conscientemente escuché de él. La primera que supe lo que decía, puesto que, por aquel entonces, el segundo idioma que se estudiaba mayoritariamente en España era el francés... Y Cohen se empeñaba en cantar en aquella jodida lengua que hacía parecer cualquier letra algo brillante y genial, la lengua que iba a acabar dominando el mundo engulléndonos a los paletos enamorados de las derivas latinas del lenguaje. Pero Cohen, traspasado a la lengua de Lorca no pierdía brillo, o simplemente brillaba de la única manera en que lo podía entender. Y allí volvieron a aparecer todos aquellos versos en que todo el mundo sabía lo que pasaba e…

Hotel Filipinas

Se veía venir. La realidad se ha acabado adaptando a los resultados de las búsquedas de Google y lo que no sale o se va más allá de su página dos parece perder su condición existencial. Aun así insistí con el sitema tradicional, el 1.0, el preguntar directamente y ver la reacción en la persona interpelada: -¿Hotel Filipinas, por favor?- Silencio y miradas de extrañeza.

Di por buena entonces la confirmación de que ese hotel no existía como tal en Barcelona y que el nombre del lugar que me había propuesto debía de haber salido de algún cruce espontaneo de las innumerables informaciones anecdóticas que ella sabía referentes a la literatura. Aún así no fue difícil encontrarnos en aquella calle con salida a Las Ramblas.

Habíamos vestido el encuentro casi como una cita a ciegas. No hizo falta ni el clavel en la solapa ni el sombrero que yo le había prometido llevar. Ella tampoco traía el abrigo que me había descrito. Nos reconocimos al instante veinte años después. Supongo que a veces la v…