Perspectiva

Se acostumbró a verlo todo desde el margen de las cosas y aún así nunca se sintió marginada ni marginal. Le gustaba anotar las ideas que le sugerían las lecturas ya fuera en libros, ya fuera en revistas, en diarios o en prospectos medicinales. Tenía la necesidad de interpretar el mundo desde los mínimos espacios que le iban dejando las letras ya impresas; la vida desde el rincón de algún tugurio. A fin de cuentas era la propia  vida la que se empeñaba en empujarla hacia los extremos. Demasiada gente en el centro para su gusto, demasiada uniformidad, demasiada y unánime estupidez colectiva que pocas personas se atrevían a interpretar de una forma crítica. Y en el fondo tampoco era esa su intención, criticar. Se sentía simplemente una cámara oculta que registraba y transcribía la cotidianidad sin ser vista. En los márgenes, como detrás de las cortinas de los reservados, todo estaba permitido. El beso más profundo, el sexo más oscuro, el llanto y el grito desgarrado. El placer de la libertad escueta que le iba regalando el pasar de los días y que no rendía tributo ni cuenta alguna al razonamiento aprendido. A lo que se consideraba bueno o lo que parecía malo. En los márgenes las cosas pasaban sin más, sin juzgar. Sólo anotaba sensaciones que luego intentaba recrear al azar, revivir aleatoriamente en una suerte de ensayo complejo nacido del orillamiento más absoluto. Y desde allí surgían vidas improvisadas y fortuitas, como recogidas del fondo de un cenicero, como la suya, sin más argumento que el ser sin que tuviera que existir un sentido para hacerlo. En una esquina de un poemario de Bukovski encontró un lugar que le pareció un buen sitio para vivir. Se inscribió allí con un lápiz de ojos, el mismo con el que se despidió del último tipo con el que compartió cama, dejándole una nota en el margen del espejo del cuarto de baño: "Me voy, eres grande, demasiado. Me estabas nublando la perspectiva".

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