Ir al contenido principal

Perspectiva

Se acostumbró a verlo todo desde el margen de las cosas y aún así nunca se sintió marginada ni marginal. Le gustaba anotar las ideas que le sugerían las lecturas ya fuera en libros, ya fuera en revistas, en diarios o en prospectos medicinales. Tenía la necesidad de interpretar el mundo desde los mínimos espacios que le iban dejando las letras ya impresas; la vida desde el rincón de algún tugurio. A fin de cuentas era la propia  vida la que se empeñaba en empujarla hacia los extremos. Demasiada gente en el centro para su gusto, demasiada uniformidad, demasiada y unánime estupidez colectiva que pocas personas se atrevían a interpretar de una forma crítica. Y en el fondo tampoco era esa su intención, criticar. Se sentía simplemente una cámara oculta que registraba y transcribía la cotidianidad sin ser vista. En los márgenes, como detrás de las cortinas de los reservados, todo estaba permitido. El beso más profundo, el sexo más oscuro, el llanto y el grito desgarrado. El placer de la libertad escueta que le iba regalando el pasar de los días y que no rendía tributo ni cuenta alguna al razonamiento aprendido. A lo que se consideraba bueno o lo que parecía malo. En los márgenes las cosas pasaban sin más, sin juzgar. Sólo anotaba sensaciones que luego intentaba recrear al azar, revivir aleatoriamente en una suerte de ensayo complejo nacido del orillamiento más absoluto. Y desde allí surgían vidas improvisadas y fortuitas, como recogidas del fondo de un cenicero, como la suya, sin más argumento que el ser sin que tuviera que existir un sentido para hacerlo. En una esquina de un poemario de Bukovski encontró un lugar que le pareció un buen sitio para vivir. Se inscribió allí con un lápiz de ojos, el mismo con el que se despidió del último tipo con el que compartió cama, dejándole una nota en el margen del espejo del cuarto de baño: "Me voy, eres grande, demasiado. Me estabas nublando la perspectiva".

Entradas populares de este blog

Cuento binario

El robot que quería ser poeta

Está claro que la era del algoritmo no ha hecho más que empezar. Que estamos ante los primeros resultados, ante los primeros yacimientos de eso que llaman ya el petróleo de los nuevos tiempos que empiezan a ser presente. Oro líquido que todavía está en estado de magma alimentado por cada una de nuestras pulsaciones en el teclado, por nuestros recorridos dactilares en una pantalla, por nuestras búsquedas, por nuestro tiempo de lectura, por nuestro respirar... Datos y más datos que una legión de robots eficazmente entrenados para separar, incansables, el grano de la paja se lanzan a la lectura de las combinaciones alfanuméricas que componen esos datos, esos textos... Algunos de esos robots se han entregado tanto a la lectura que han tomado gusto propio y se han decantado por la poesía, tanto que alguno se ha empeñado en convertirse en poeta. Le pasó al programa informático con el que trabaja desde hace 17 años el investigador de la Universidad Complutense de Madrid, Pablo Ge…

Nadie sabe nada

Será que últimamente leo mucho a Leonard Cohen, al que entró en la madurez cuando yo era muy joven. Al que iba envejeciendo acumulando amor, sexo y fanfarronerías por un igual, al que ya llevaba a Lorca aposentado en las venas y se propuso que le sobreviviera llamando así a su hija. Será por eso que me volví a topar con Everybody Knows, la primera canción que conscientemente escuché de él. La primera que supe lo que decía, puesto que, por aquel entonces, el segundo idioma que se estudiaba mayoritariamente en España era el francés... Y Cohen se empeñaba en cantar en aquella jodida lengua que hacía parecer cualquier letra algo brillante y genial, la lengua que iba a acabar dominando el mundo engulléndonos a los paletos enamorados de las derivas latinas del lenguaje. Pero Cohen, traspasado a la lengua de Lorca no pierdía brillo, o simplemente brillaba de la única manera en que lo podía entender. Y allí volvieron a aparecer todos aquellos versos en que todo el mundo sabía lo que pasaba e…