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Programas de verano

Venticuatro de septiempre. El día empieza con una lluvia delicada. Es el segundo día de otoño, seguramente la estación del año más odiada por aquellos con tendencias depresivas, los amantes de las tórridas temperaturas estivales y aquellos que gozan con el rebozado arenisco de cualquier playa abarrotada. Para mí es el respiro que me invita al recogimiento y a la reflexión. Esa humedad que inunda el aire y el olor a almizcle de los bosques, la paleta de colores cálidos que tiñe el paisaje... Qué puedo decir, como buen hombre de lluvia, me gusta el otoño. Éste que empieza ya casi en el mes de octubre. Hago esta aclaración porque en otros muchos ámbitos y no sólo en una conocida marca de grandes almacenes el otoño ha empezado hace ya algunos días, parece que la vuelta al trabajo (aquellos que lo conservan) o el comienzo de las clases escolares anticipan su llegada. Pasa esto en la programación televisiva, en que apenas comenzado septiembre, se cambian todas las parrillas de emisión dando por finalizada esa época de ligereza en los contenidos llamada programación de verano. Lo cierto es que, a pesar de mi formación periodística, apenas veo la televisión. No es que no lo haga por alguna razón en especial, tal vez sea falta de costumbre o falta de interés por acercarme al medio. O la continua decepción que me provoca lo que veo en la mayoría de los casos. Especialmente en verano.
No sé por qué los programas más idiotas tienen que tener cabida en las franjas de mayor audiencia en verano. Si partimos de que el estiaje suele ser el periodo del año en que la mayoría de los que viven por sus manos tienen más tiempo libre y, por tanto, mayor probabilidad de acercarse a la cultura, al debate, al conocimiento y a la espiritualidad, no entiendo cómo se puede invertir tiempo, dinero y esfuerzo en hacer programas como el que me saltó a la cara este verano. Iba de camino al baño para cumplir con las citas de higienización diarias cuando me topé de bruces con una parvada de gente en bañador que, en una algarabía de risas histéricas, iban enseñando uno a uno sus tarterillas mostrando las viandas que habían traído aquel día para acompañarles en la quemazón al gusto de una jornada playera. Allá, desprovistos de su cubierta plástica, quedaban desamparados los trozos de pan embutidos en fiambres, las ensaladas aceitosas y mustias, rígidas carnes y tortillas insalubres como en la representación de un bodegón surrealista. La cámara se desplaza unos metros y aparecen dos individuos saliendo de una tienda tipo camping con los ojos inyectados en sangre, la lengua trabada y mostrando unos bocadillos de mortadela para decir que el pan está empapado en aceite de Jaén, su tierra (un dato fundamental). La escena avanza y aparecen un grupo de palmeros cantando muy rumbosos en esa faceta ruidosa tan propia del carácter latino que tiene que imponer su gusto al de los demás a base de decibelios. No aguanté más y proseguí mi camino al baño, ahora ya con el estómago revuelto de tanta comida sofocada y de preguntarme una vez más qué interés, qué información de valor aportaba ese programa o que mecanismo urgaba en la psique humana para que alguien se molestara en haberlo producido y esperara tener audiencia, no casual y huidiza como la mía, sino atenta y expectante. Es la eterna disquisición de si la televisión es así porque es lo que una mayoría quiere ver o porque una minoría quiere que sea lo que veamos. Cualquiera de las dos opciones me acaba entristeciendo.


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