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Impresión. Sol durmiente.

Impresión, sol naciente (Claude Monet)
Tengo la impresión y supongo que sólo debe ser eso, una impresión, que a veces, sentado tras mi mesa de trabajo percibo y dispongo la vida a trazos, al modo en que los pintores se enfrentan al lienzo en blanco. Me la presentan en realidad las personas que se sientan frente a mí y cuentan. Cuentan lo que necesito saber para aconsejarles o desaconsejarles en materias numéricas que no vienen al caso y en las que no soy nada experto y cuentan más allá de lo que nadie debiera contar para salvaguardar sus secretos. Una vez dichos dejan de serlo y pasan a convertirse en esbozo de las escenas cotidianas que figuro, abstraigo y difumino en mis elucubraciones. De eso me sirvo, del exceso verborágico desmedido de personas necesitadas de contar, de expresar una duda trascendental o la nimiedad más vana, para componer mi lienzo y dar sentido humano y dotar de espiritualidad a un trabajo que estaría en las antípodas materialistas del mundo conocido (y hasta de las galaxias aún no vislumbradas, diría yo). A veces no cuentan con palabras, pero el silencio o la escasez de verbo no pueden disimular el equipaje que lastra el rostro, pesado y contundente en la mayoría de ocasiones. Percibo la voluntad de que escuche o vislumbre, o tal vez sea esa mi voluntad: escuchar y construir una realidad a pinceladas sin sentido aparente pero que se transforma en percepción vital en su conjunto, allá donde la retina, el cerebro, el alma o lo que quiera que sea que nos otorga el entendimiento y la pasión por vivir transforman lo material en pura abstracción subjetiva.
Hoy, como hace demasiados días, el lienzo se iba coloreando a pincel grueso con el óleo del desencanto, de la planicie del pensamiento, del letargo que adormece la luz del sol y nos sumerge en un sueño apenas esperanzador, un hivernar humano en el que nada pasa y vanamente todo se espera. Estaba disponiendo a modo de mar la balsa de lágrimas de una mujer que flirtea con una aguda depresión desde hace bastante tiempo, desde que la pobreza empezó a entrar por su puerta y por la ventana saltaron el amor, la autoestima, el respeto y un tiempo precioso que no ha de volver, desde que se instaló en el salón vacío de la soledad, rodeada de figurantes que tiempo atrás le fueron familiares, de deudas que fueron sueños, de largos silencios... "Lo cuento aquí porque en casa no puedo". Y esa frase arrasa el alma como un vendaval que la dejara al desnudo, porque ya no tiene vuelta atrás como seguramente tampoco la tiene su existencia insoportable. Personas como piedras (ni siquiera eso, porque las piedras sí que cumplen su función de existir como piedras). Incomunicación en la era de la (des)información.
En estos tonos grises estaba cuando una pareja de ancianos ha irrumpido en el habitáculo, escueta pecera humana, que la empresa me presta. Una vitalidad contagiosa, subyugante, noventa y dos años apenas apoyados por un leve bastón. Y sonrisas. Y caricias sobre pieles arrugadas que fueron tersas y suaves hace cincuenta y tantos años, cuando se empezaron a enamorar sin imaginar ni importarles que hoy estarían frente a mí transmitiendome el aliento de la posibilidad, de la esperanza... "Cuando lo has perdido todo, cuando has sufrido tanto, te das cuenta de lo cerca que tenemos la felicidad. Esta crisis es sólo de dinero, eso es lo de menos cuando hay paz". Lo dice una persona que se ha arrastrado por campos de concentración en la Europa de la segunda guerra mundial, hecho prisionero por uno y otro bando en la guerra civil. Otra caricia. Amor superviviente que con el alma vacía ha sabido apartar el odio y llenarla de optimismo. Este breve encuentro se ha convertido en la gran pincelada verde (de lejos se diría que es un bosque) que ha dado un resquicio de luz al paisaje durmiente que inunda el lienzo que compongo. Como un metal hipnótico y cautivador. Allí miro.

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