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Decoración navideña

Cerró la puerta con el alivio de encontrar el remanso calmo de un hogar que sabía temporal, pero en el que había logrado encontrar el sentido del espacio propio. El sedentarismo vital se había perdido en su cadena evolutiva y, sin embargo, aquellas cuatro paredes le devolvían la libertad que le hurtaba el mundo exterior presentado como un bucle inexpugnable. Levantó la mirada y observó la decoración navideña que ella misma había perpetrado hacía sólo unos días al tiempo que apoyó la puntera de un zapato sobre el talón del otro para desprenderse de la altura fictícea que le otorgaban unos tacones no demasiado excesivos pero suficientes para alejarla más de lo pretendido de su constante anhelo de pisar la tierra descalza. Observó los espumillones precarios, en otro tiempo brillantes, desprovistos de bastantes de esas tirillas que tintinean al menor soplo de aire. Recorrían las paredes como un cercado eléctrico de bestias de guardar y sintió una punzada en forma de lástima o sentimiento compasivo hacia bueyes y ovejas. Los descolgó con un sigilo acompasado por unas cuantas versiones navideñas interpretadas por un Elvis ya maduro y acomodado. Movía las caderas levemente con Silent Night y sintió el gusto o la necesidad de deslizar su ropa hacia el suelo con una cadencia que parecía responder al movimiento de una cámara que registrara la escena o a la curiosidad y excitación de un improbable espectador que fisgoneara a modo de un voyeur oculto. El único edificio que mediaba entre su ventana y el puerto había sido derribado hacía unos meses dejando la línea del horizonte con una dentellada o con la falta reciente de un diente de lactante. Tal vez era esa escueta brecha lo que le otorgaba la libertad del aislamiento mundano, una perspectiva única hacia el espacio por escrutar. Ya desnuda recorrió la estancia en busca de las figuras descoloridas e impertérritas que recreaban un nacimiento imposible en la mezcla de paisajes y figurantes de medidas dispares. Depositó la escena en una bolsa de supermercado (afortunadamente cada vez más escasas). Volvió a mirar por la ventana. Abrazó su cuerpo erizado por el frío inclinándolo hasta notar que su piel rozaba el vidrio entumecido. Un escalofrío sacudió su cuerpo y su pensamiento en una conexión eléctrica que parecía surgir de su pelo sedoso en cascada hacia las corvas que sustentaban sus muslos estilizados, una profusión intermitente y mínima de volúmenes carnales suaves batió el espacio. Pensó en la Navidad como entrega solitaria y desnuda, alma sin tapujos. Había preparado una copa de vino que llevó hasta sus labios para que el caldo calentara sus adentros. Alma solitaria y desnuda, pero no fría, se dijo a sí misma. Elvis siguió derrochando su profunda voz para ella y para su danza liviana, desnuda y célibe. El frío se iba desvaneciendo al compás de Santa Claus is coming to town y ante la temperatura interior que iba destilando con cada sorbo, profundo, oloroso, evanescente como un cáliz de tierra y libertad. Decidió después envolver el regalo más preciado y cubrió con papel celofán de color rojo la ventana, su visión, su huída. El filtro artificial otorgó un tono cálido a la tarde que flirteaba con la oscuridad a esas horas y en la lejanía atisbó a un minúsculo tipo con sombrero que paseaba por los muelles ajeno al oleaje.
Desde el puerto alguien elevó su sombrero y levantó la vista hacia un edificio con todas sus ventanas coloreadas, en rojo, en verde, en amarillo. Le pareció que tras ellas danzaban siluetas desnudas, pero la luz iba faltando a esas horas y siguió caminando. Por el cielo un dios burlón iba extendiendo un enorme papel celofán de tono oscuro. Tras él, una colonia de ángeles perforaban pequeños agujeros sobre el lienzo para hacer menos intensa la asfixia.

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