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Alicia

La ventana era sus ojos. En conjunto. Los dos. Con sus dos hojas a cuarterones vidriados, como dos párpados cuadriculados. Geométrica ensoñación del paso de la vida ante una cámara fija. Cada cual busca su libertad allá donde puede y él la había encontrado en el vano de su habitación. Refugiado tras el vidrio en los días de invierno, codos en el alfeizar en verano.
No era calle transitada en abundancia ni barrio bullicioso la amplitud urbana que se extendía ante su mirada. Una zona dormitorio de la gran ciudad con el ajetreo justo en las horas punta del ir y volver de las rutinas laborales, de la monotonía escolar, de los obligados desplazamientos en los quehaceres domésticos. No eran calles de paseantes distraídos ni plazas arboladas en las que los peatones toman los bancos, no sin antes haber procurado limpieza a las descomidas de palomas -ratas con alas, leyó una vez- que incrustan su fusta innoble, paso previo a la lectura de algún libro, algún periódico o algún prospecto medicinal o al dejar caer de las migajas para algarabía aviar en una regeneración constante del bucle de limpieza y secreciones intestinales. No era barrio monumental ni de paso a ningún otro. Los extrarradios son como satélites planetarios con su propio tiempo y su propia gravedad, solo que sin interés para su exploración. Los más afortunados son poco más que un nombre en la parte final de las gráficas que representan las estaciones de los transbordadores metropolitanos. Pero ese apartamiento genera a su vez sus propias leyes y su propios mitos, sus reyes y sus bandoleros, su propia jerga y un sentido propio que sólo sus pobladores saben encontrar. El conformismo y la costumbre hacen el resto.
Él tenía su paraíso en forma de breve semiplaza asfaltada bajo su ángulo panorámico de unos doscientos metros de anchura. Un teléfono público, de esos que vendrían a dar cumplimiento a las obligadas estadísticas de servicios urbanos, se erguía como monolito abandonado. Cada vez escasean más. Los teléfonos públicos han perdido la batalla ante la telefonía móvil privada como todo lo público en general se ha rendido ante la voracidad de unos seres de boca grande y poderes infinitos llamados mercados. Qué importaba eso si él lo tenía allí, delante, como un regalo para la agitación de su inspiración y su inventiva en las pocas ocasiones que alguien se paraba y gastaba algunas monedas para comunicar clandestinamente con el amante -en la fase en que los amantes toman el cuidado de no dejar rastros y se ocultan y planean promesas de alejamiento de sus respectivas cargas-,o tal vez para dejar el determinante y funesto encargo para el sicario que habrá de sesgar alguna vida, que ya no será plena ni completa por venganza, por oscuros intereses económicos o tal vez en la degeneración extrema de algún amante que decidió finiquitar la carga y el obstáculo que le impide salir de obscurantismo amatorio... Tal vez alguna moneda sólo se gastaba por contar aquello que no podía esperar a ser transmitido a su destinatario final o al más inmediato receptor del mensaje inesperado, que habría llegado cogiendo de improviso al transeúnte, sin teléfono móvil, sin batería en el mismo o sin saldo en su tarjeta pre-pago. Pocas cosas podían tener esa categoría y ese peso de urgencia intempestiva que necesita ser contada en ese momento, una muerte las más de las veces. Cualquier persona que atravesara el encuadre de su campo visual era digno de ser regalado con una vida figurada y consistente para su mente hecha pantalla. Él le daba el sentido, el guión perfecto a cada escena, normalmente breve, como la semiplaza que abarcaba su mirada apostada en la ventana, sin disimulo ni ocultación. Nadie se fija en los edificios de paredes sucias replicados y vueltos a replicar en las calles que son de paso y no de vida, como túneles, calles así mismo replicadas en las cuadrículas impostadas del extrarradio. Menos se fijan en sus moradores si no es por escándalo, enredo o maraña. Y en esto él se volvía a considerar afortunado puesto que el vecindario era escaso en las horas vespertinas en las que él ponía su figuración en marcha. El cansancio de los moradores de la ciudad-dormitorio era demasiado tras la cena como para estropear la visión nocturna del paraíso urbano. Sólo una leve música ascendía desde el patio interior al que se asomaba la estancia contigua a su habitación. La inconfundible Edith Piaf se elevaba con los vapores de los guisos desde un plato giratorio de tocadiscos acompañada de la orquestación enlatada de mediados del siglo pasado. La anciana vecina del primer piso hacía de ella su compañía. Decía que había trabajado para la diva francesa como asistenta en su casa y por eso disponía de varios discos firmados por la Piaf con dedicatorias en lengua napoleónica. Nadie en el vecindario se había preocupado de corroborar la veracidad de ese dato, como ningún otro que pudiera provenir de "la loca francesa", sus divagaciones no interesaban y, sin embargo, nadie le recriminaba que su música invadiera el patio interior del edificio dándole un toque romántico de película francesa a la cotidianidad en la que pocas cosas pasan. Para él era el complemento perfecto a los momentos en que su ensoñación tomaba derroteros románticos ante el paso pausado o apresurado de las chicas que se le antojaban atractivas. Y eso no sucedía muchas veces.

Era julio y su verano dejaba el ardor de los calores esparcidos por las estancias de las viviendas económicas y mal aisladas del edificio. Ventanas abiertas. Siete de la tarde. El alfeizar de su ventana se ofrecía como un regazo a sus brazos en otra tarde de escaso trasiego. Palomas sedientas planeaban en busca de las primeras sombras del atardecer. Siguiendo a una de ellas hasta la salida de su escenario la vio. Como vapor emanado de un asfalto acalorado se desplazaba la que sin duda le pareció la muchacha más bella que jamás había visto. En un primer fogonazo le dio la firme impresión que debía haberse perdido, tal vez se había dormido en el autobús y había bajado distraída, porque su imagen regalada era el anacronismo o el error que hay que encontrar en las series de imágenes que se ofrecen en los pasatiempos. No la había visto antes. No era del barrio, desde luego. Vestía diferente a como lo hacían las apretadas chicas que caminaban hacia la parada del autobús en busca de una tarde o noche de discoteca en la urbe. No porque sus ropas fueran muy diferentes, era más bien el conjunto, la elegancia con la que una falda corta en semivuelo caía sobre sus muslos estilizados. Sandalias de tacón escaso ablandaban su paso. Su piel estaba dorada por el sol veraniego y realzaba más su luminosidad y brillo interno, sin embargo tendía claramente a la blancura y así debía ser su tono la mayor parte del año. Una blusa o camisola blanca le hacía más liviana en su caminar, con la hechura suficiente como para no marcar en exceso y dejar a la intuición el seguimiento de las líneas iniciadas en sus hombros medio descubiertos hasta llegar al remanso de sus caderas. Todo en ella le recordaba a la perfección buscada en las esculturas clásicas, un equilibrio que partía desde una melena de ondulaciones doradas coronando el rostro suave de la alegría y que bajaba en cascada de ternura hacia los talones en la versión dulcificada de una montaña rusa carnal. La distancia le impedía ver con exactitud el color de unos ojos que se le antojaban cambiantes al reflejo del sol y parecían difuminarse entre tonos verdosos y amarronados, hierba y tierra como la que soñaba que un día habría en la semiplaza que ahora pisaba la justificación a todo el tiempo de observación, el regalo, el sueño, el deseo.
Al llegar al centro de la semiplaza se detuvo y volvió unos cuantos pasos. Se detuvo. Le pareció que adoptaba una postura de espera. Se lo confirmaron una mirada al reloj de pulsera y unos pasos de ida y vuelta en una exhibición de magia y compostura para sus ojos, descartando también la hipótesis del casual extravío.
Su extrañeza y su curiosidad iban en aumento. Y el asombro y la alegría de la mirada que ha hallado una vista ni tan sólo soñada. El vaiven de la espera generaba nuevas perspectivas del rostro de la chica. Los labios parecían besar la tarde y su calima que regalaba vapores, dulzura y oro para los cabellos que aguardarían a quién sabe quién. Ahora no le importaba eso. Importaba el tacto de sus dedos recreado en la fantasía, dedos erizando el vello de su espalda, dedos como lenguas. Podía sentir su suavidad y su humedad en la distancia. Importaban sus labios de tierna mueca contra los labios que tanto la habían aguardado.
Para entonces la Piaf le regalaba La vie en rose. Habrían pasado tres o cuatro minutos desde su aparición, tal vez cinco -el tiempo del deleite es incierto y difuso en la mente-. La cita se retrasaba y aunque eso le indignaba y le recomían sus maneras de antiguo caballero nunca puestas en práctica -él nunca la haría esperar-, lo cierto es que cada segundo de retraso era una fiesta para los sentidos. Sin embargo, en una breve pausa en la ensoñación, se vio turbado por la certeza de que en esta ocasión no podía inventar ni concebir otra historia que no fuera la del encuentro con ella y que la frustración haría mella en él como suelen hacer siempre los deseos no conseguidos. Y aun así no apartó la mirada para evitar la herida o el daño interno, donde se va perdiendo el hilo de la vida sin que mane la sangre. Por primera vez sintió que la vida valía la pena fuera de los muros de su habitación y dudó por un momento en bajar las escaleras y salir al escenario, a la pantalla que él había maquinado en tantas ocasiones y, por una vez, convertirse en actor -ni que fuese extra o en secundario papel, figurante de fondo de paisaje-. Un movimiento de ella le devolvió a la nube. Fue para acercarse al teléfono público -sin duda la cita se retrasaba más de la cuenta-. De espaldas era el misterio por descubrir de nuevo. Vio como su mano dejaba una moneda y sus dedos marcaban el número fatídico que había de alejarla, bien porque la cita se apresuraría al encuentro disculpándose en su retraso, bien porque se cancelaría el encuentro acordado y ella volvería decepcionada -no lo merecía, dudó de nuevo en bajar las escaleras-. En ese momento sonó el teléfono en casa y un vuelco del corazón le sobrecogió. Debía ser una coincidencia burlesca. A los pocos segundos oyó la voz de su madre: - Una tal Alicia pregunta por ti. En un retroceso automático y violento, como el de las armas disparadas, se cobijó tras el cortinaje donde se ocultaba el convencimiento que su destino no merecía otra suerte ni desgracia diferente a su vida apostada en un ventanal abierto al sueño. En el extrarradio los sueños duelen y matan las más de las veces. Edith Piaf había dejado de cantar.

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