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Estiaje

Aquí estoy de nuevo, después de un barbecho bloguero de más de un mes, en el inicio de un estío que como viene siendo habitual en los últimos años coincide con el inicio de mis vacaciones laborales (labor que me proporciona sustento físico) y sin fallar, desde que tengo memoria, suma un año más a mi colección que se acerca ya inexorablemente a la cuarentena. Cuarentones dicen, no "cuarentañeros" como se suele llamar a los que están en décadas de edad más jovial como quinceañeros, veinteañeros y hasta trentañeros. Sin ser mi estación preferida, he de reconocer que el verano es el período del año que más cancha me da para dar rienda suelta a esta manía mía de relatar, de contar, de narrar, de explicar, de sugerir, de engañar o de soñar mediante la palabra escrita. No tanto por la cantidad de verborrea impresa producida sino por lo que tiene de lagunas de tiempo muerto para planificar, recomponer, reubicarse. Esa es la finalidad real de un barbecho agrícola, reposar la tierra para su regeneramiento a base de nuevos nutrientes. Un trabajo (no lo es, en mi caso) poco vistoso y, sin embargo, fundamental. Leer, imbuirse, documentarse, contemplar, soñar, dejarse llevar.  Este es mi propósito de estiaje. Apartarme del camino a la sombra de un buen árbol, atento al pasar del viento, vino en bota, buena compañía y buena siesta. Después vendrá el camino y sus señales, normas por cambiar. Vendrá el camino, nunca cesa, cesamos si acaso, con sus crisis, sus noticiarios, su gente gris y sus buenas personas que alientan, que alegran el paso y hacen que valga la pena caminar. Pero eso será mañana y porvenir inexistente por tanto. Buen verano.

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Cuento binario

El robot que quería ser poeta

Está claro que la era del algoritmo no ha hecho más que empezar. Que estamos ante los primeros resultados, ante los primeros yacimientos de eso que llaman ya el petróleo de los nuevos tiempos que empiezan a ser presente. Oro líquido que todavía está en estado de magma alimentado por cada una de nuestras pulsaciones en el teclado, por nuestros recorridos dactilares en una pantalla, por nuestras búsquedas, por nuestro tiempo de lectura, por nuestro respirar... Datos y más datos que una legión de robots eficazmente entrenados para separar, incansables, el grano de la paja se lanzan a la lectura de las combinaciones alfanuméricas que componen esos datos, esos textos... Algunos de esos robots se han entregado tanto a la lectura que han tomado gusto propio y se han decantado por la poesía, tanto que alguno se ha empeñado en convertirse en poeta. Le pasó al programa informático con el que trabaja desde hace 17 años el investigador de la Universidad Complutense de Madrid, Pablo Ge…

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