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Estiaje

Aquí estoy de nuevo, después de un barbecho bloguero de más de un mes, en el inicio de un estío que como viene siendo habitual en los últimos años coincide con el inicio de mis vacaciones laborales (labor que me proporciona sustento físico) y sin fallar, desde que tengo memoria, suma un año más a mi colección que se acerca ya inexorablemente a la cuarentena. Cuarentones dicen, no "cuarentañeros" como se suele llamar a los que están en décadas de edad más jovial como quinceañeros, veinteañeros y hasta trentañeros. Sin ser mi estación preferida, he de reconocer que el verano es el período del año que más cancha me da para dar rienda suelta a esta manía mía de relatar, de contar, de narrar, de explicar, de sugerir, de engañar o de soñar mediante la palabra escrita. No tanto por la cantidad de verborrea impresa producida sino por lo que tiene de lagunas de tiempo muerto para planificar, recomponer, reubicarse. Esa es la finalidad real de un barbecho agrícola, reposar la tierra para su regeneramiento a base de nuevos nutrientes. Un trabajo (no lo es, en mi caso) poco vistoso y, sin embargo, fundamental. Leer, imbuirse, documentarse, contemplar, soñar, dejarse llevar.  Este es mi propósito de estiaje. Apartarme del camino a la sombra de un buen árbol, atento al pasar del viento, vino en bota, buena compañía y buena siesta. Después vendrá el camino y sus señales, normas por cambiar. Vendrá el camino, nunca cesa, cesamos si acaso, con sus crisis, sus noticiarios, su gente gris y sus buenas personas que alientan, que alegran el paso y hacen que valga la pena caminar. Pero eso será mañana y porvenir inexistente por tanto. Buen verano.

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Retratando a(l)ma

Puedo estar, sin pretenderlo, consolidando una sección sobre mis instagramers favoritos. Y favoritas, que dirían los políticamente correctos y los gramaticalmente confusos. Y confusas. Aunque no les falte razón para afirmar que también en el lenguaje hay un machismo intrínseco, como en casi toda la historia y la vida asumidas. La verdad es que si me detengo un momento a pensarlo, hay más favoritas que favoritos. Y no creo que sea cuestión de género como ya comenté una vez por aquí a cuenta demi lado femenino. Qué narices importará todo eso cuando se habla de sensibilidad artística. Nada. Sólo que una de esas favoritas es, sin duda, Isabel López, @venkatesulu para los que frecuentamos la red social de la fotografía móvil. Hace tiempo ya que me atrapó su manera de encuadrar y aislar escenas de la vida con un smartphone, casi siempre en blanco y negro, como buscando un contraste esencial y común a cualquier sentimiento. Instagram le ha dado merecido reconocimiento a su trabajo en varias…

Nadie sabe nada

Será que últimamente leo mucho a Leonard Cohen, al que entró en la madurez cuando yo era muy joven. Al que iba envejeciendo acumulando amor, sexo y fanfarronerías por un igual, al que ya llevaba a Lorca aposentado en las venas y se propuso que le sobreviviera llamando así a su hija. Será por eso que me volví a topar con Everybody Knows, la primera canción que conscientemente escuché de él. La primera que supe lo que decía, puesto que, por aquel entonces, el segundo idioma que se estudiaba mayoritariamente en España era el francés... Y Cohen se empeñaba en cantar en aquella jodida lengua que hacía parecer cualquier letra algo brillante y genial, la lengua que iba a acabar dominando el mundo engulléndonos a los paletos enamorados de las derivas latinas del lenguaje. Pero Cohen, traspasado a la lengua de Lorca no pierdía brillo, o simplemente brillaba de la única manera en que lo podía entender. Y allí volvieron a aparecer todos aquellos versos en que todo el mundo sabía lo que pasaba e…

Hotel Filipinas

Se veía venir. La realidad se ha acabado adaptando a los resultados de las búsquedas de Google y lo que no sale o se va más allá de su página dos parece perder su condición existencial. Aun así insistí con el sitema tradicional, el 1.0, el preguntar directamente y ver la reacción en la persona interpelada: -¿Hotel Filipinas, por favor?- Silencio y miradas de extrañeza.

Di por buena entonces la confirmación de que ese hotel no existía como tal en Barcelona y que el nombre del lugar que me había propuesto debía de haber salido de algún cruce espontaneo de las innumerables informaciones anecdóticas que ella sabía referentes a la literatura. Aún así no fue difícil encontrarnos en aquella calle con salida a Las Ramblas.

Habíamos vestido el encuentro casi como una cita a ciegas. No hizo falta ni el clavel en la solapa ni el sombrero que yo le había prometido llevar. Ella tampoco traía el abrigo que me había descrito. Nos reconocimos al instante veinte años después. Supongo que a veces la v…