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El miedo anticipado

Más nos valdría ser gacela en la sabana africana. Más nos valdría haber conservado nuestro instinto primigenio que discernía entre el peligro verdadero y los ruidos de la naturaleza. Lo hemos perdido. Y con él nuestra libertad. Nos hemos convertido en esclavos de la incertidumbre, del perecedero material del mundo, del ruido (des)informativo, sometidos al miedo de perder. Perder lo que se nos antoja nuestro cuando nunca lo ha sido en realidad, prestado si acaso. No es un proceso aleatorio o improvisado. Es un sutil desaprendizaje forjado desde la infancia, en las escuelas donde el concepto de educar adopta su más cruda etimología latina (ducere: guiar, llevar) para convertir las aulas en las primeras balas de un pensamiento dirigido. Quien cuestiona las normas o no se adapta se convierte rápidamente en fracasado, estigmatizado, paria para los restos. Y no hablo sólo de alumnos. Alternativos en un mundo que no admite alternativas, estridencias controladas en todo caso. Después vienen los medios de comunicación y su carnaza en forma de contenidos mayoritariamente infames y dirigidos. Imágenes, sonidos transformados en palabras y mas palabras; palabras contadas y vueltas a contar, replicadas, reverberadas, tamizadas, ecos, ruidos que no dan tregua e invaden nuestro sosiego y aplacan y acallan la pregunta incisiva. Por qué. Por qué no de otra manera. Quién lo dice. Qué pretende. Qué considero positivo. Qué negativo. Capacidad crítica perdida al tiempo en que también desaprendimos a escuchar.
Así no es extraño que nos encontremos en este punto vital en que el miedo gobierna nuestros actos y nos atenaza y nos aconseja una figurada prudencia que no es otra cosa que un inmovilismo pretendido y logrado por las clases dirigentes. Nadie sabe el precio de salvaguardar nuestra escueta fortuna material, pero qué más da, el eco redundante dice que el caos está cerca si no nos movemos en la dirección marcada. Ese es el camino. Otro nos condenaría a la miseria humana y económica. Esta miseria debe ser mucho peor a la que nos espera en la esclavitud al servicio de la casta impune... O tal vez no, para qué preguntárselo si en el intento podemos perder nuestro ilusorio bienestar en vítrea burbuja. Humo a merced del viento cuando empiece a soplar. Y entonces no sabremos si será ese el momento de guarecernos o de huir porque ya no tenemos el instinto de la gacela que pace y pasta hasta el momento en que sabe que es a ella a quien el león acecha. Hará lo que tenga que hacer. Huirá o sabrá que será devorada, pero no anticipará su miedo. Sabe que eso no evitará su dolor llegado el caso. Es una pena que nosotros lo hayamos olvidado.

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El lado femenino

Una vez, cuando era joven de verdad, quiero decir cuando aún conservaba restos de acné y la pelusa, jalonándome el rostro, todavía no se había endurecido demasiado,  una chica de parecida juventud me dijo que yo tenía un lado femenino muy desarrollado. En ese momento vital de hormonas desbocadas aquello me sonó a la voluntad de establecer alguna conexión o desconexión que, en cualquier caso, se alejaba de mi voluntad inmediata -no escondida, por otra parte-. Tal vez había alguna intención más a largo plazo o tal vez era, simple y llanamente, lo que se vendría a llamar un dar calabazas en toda regla.
Nunca hasta entonces había pensado que pudiéramos tener lados de sexos diferentes, así que me decidí a profundizar en la literatura existente sobre el tema para acabar descubriendo que aquello tenía que ver con energías vitales, filosofía oriental, polaridades, emociones y sensibilidades. Con el tiempo, y desde ese punto de vista, fui dando la razón a aquella chica aunque fueran calabazas …

Retratando a(l)ma

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