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Ideas peregrinas


Así, de buenas a primeras, de improviso, después de tomar la pastilla para dormir y no soñar, llegó hasta mí, en riguroso orden marcial, un desfile de ideas peregrinas. Venían vestidas con el clásico uniforme rico en transparencias e insinuaciones con el que se representan en la mente adormecida -más receptiva en consecuencia-, como un reguero de vapores difusos que lanzan destellos hirvientes hacia algún rincón del ser profundo. Allí, a resguardo, se mezclan con otras idioteces conscientes -la vida misma- y son capaces de destilar alguna sonrisa robada a los días.
La primera vino haciendo acrobacias. Salto adelante, salto atrás, doble mortal con tirabuzón y errado final en el que sus piececitos de alambre no soportaron la embestida y el suelo la recibió de bruces antes que pudiera decirme nada. Pensé que la noche empezaba de mala manera, como una fallida acrobacia amatoria o una petición de cita no correspondida.
La segunda fue más comedida en sus gestos y más contundente en sus palabras. Se dirigió a mí con soberbia lengua y profiriendo firmes sentencias sobre filósofos difuntos:
- Tú, aspirante a escritorcillo, ¿cómo pretendes decir algo interesante en estos días timoratos sin referirte a Schopenhauer? ¿No ves que el pesimismo occidental os ha invadido de veras? Pesimismo sois, sí, y sólo el dolor ajeno os genera alivio. Siempre encontráis una situación peor en la que consolaros y con eso os basta. Esto no es nuevo, pero se olvida frecuentemente. Empieza a profundizar en esas tesis y verás como las mentes preclaras acuden a leer esos escritos tuyos, cuentos vacuos que a nadie interesan.
Se fue con gesto altivo entre los vapores del sueño y pensé, con la incerteza con la que se piensa en las horas brujas, que tal vez me había excedido en la dosis de la medicación hiperrealista que había de sacar de mí ideas interesantes que contar o que debía tratarse de un efecto secundario pasado por alto al leer el prospecto de cincuenta paginas minúsculas. El médico me había dado un ultimátum: -Si esto no funciona, piensa en dedicarte a otra cosa. Hazte tertuliano y habla sobre cualquier cosa como si fueras un experto en la materia. Con cuatro datos, una voz contundente y buenas dosis de mala educación te harás un hueco seguro en cualquier emisora... Deja las ideas para los filósofos...
Al tiempo que miraba cómo se desvanecía su paso firme entre el humo, recordé vagamente el tiempo perdido en las clases de filosofía de mi juventud. Qué desperdicio de ideas desaprovechadas entre la languidez de un profesor, que parecía marchitarse en cada clase, ante la efervescencia hormonal de unos adolescentes escasamente interesados en leer unos textos a los que no encontraban utilidad alguna. A veces pienso si estas materias no se hacían premeditadamente aburridas para atar corto el pensamiento y dar rienda suelta a la memorización enciclopédica.
No dio para más. En un abrir y cerrar de mente apareció, en un contoneo seductor y voluptuoso, la tercera. Tenía el cabello de un rubio platino al estilo Marilyn y el aspecto de una licenciada en ciencias del pragmatismo. Unos labios color cereza empezaron a moverse para dejar paso a una voz que bien podía provenir de la verdulera de un mercado cantando las ofertas del día en pimientos y berenjenas: -Chato -me dijo- si haces caso a la estirada esa vas listo... Beleneses estébanes, paquirrines, pantojos, jesulines, reyetones, princesotas, borbones, norias, sálvames y grandes hermanos... Eso vende. Pruébalo, chato, pon un nombre de esos en uno de esos rollos sosos que escribes y verás lo que es tener visitas y seguidores en los facebuques al uso. Y no dijo más. En un movimiento pendular de su cabeza lanzó tres besos al aire de los que supuse destinatarios a mis dos mejillas y mis labios. Instintivamente los toqué (los labios), no sé bien si para cerciorarme que había recibido la mercancía aerea o para borrarme un mal regusto.
Me dije que en cuanto me despertara tenía que volver a mirar los principios activos de las pastillas. Recordaba el clarividencenitol, el realistinol y el ilustranato potásico, pero sin duda también debía tener alguna proporción de chabacanato sódico a juzgar por el resultado. Notaba que la solución efervescente que había tomado un par de horas antes chisporroteaba en las neuronas y no daba tregua.
Así llegó la cuarta. Parecía una musculada lanzadora de martillo de alguna república balcánica y, con la misma fuerza que desprendían sus músculos, espetó unas palabras: - "Deportes. Fútbol sobre todo. No te dejes llevar a engaño. Es la lucha primitiva en la que los cazadores salen a competir por ver quién traerá los mejores trofeos. Los vencedores son vanagloriados y se convierten en admiración y espejo. Habla sobre ellos y sus logros y no te faltarán avezados lectores en eventos deportivos. Se despidió con un grito de final esfuerzo al estilo de las tenistas cuando acaban de golpear la pelota.
Perdí la cuenta, pero debieron pasar frente a mí diez o doce ideas más, pero quedaron más difusas. Sin duda el retentinol no hizo el efecto esperado en mí. Una vino con una retahíla de recetas de cocina, otra con el cuento de una entrega novelesca por fascículos, alguna otra me dió consejos sobre videoarte de desnudeces y creo recordar alguna otra que me recomendó escribir sobre el apasionante mundo de los abanicos.
Pasadas las horas bajo la influencia de la droga prescrita desperté y, al mirar hacia la ventana, ante los primeros clareos de un sol insolente, la última seguía allí, sentada en una pequeña mecedora de juguete y mirándome fijamente. Pensaba que en algún momento habría hecho su aportación al enriquecimiento de mi ideario en la parte que quedó menos definida en mi mente, pero no. No dijo nada y tampoco lo hizo mientras me seguía en mis rutinas de aseo y alimento matinal. Supuse que en algún momento se cansaría de mirar a un ser de escaso interés y provecho. Nuevamente erré en mi suposición y volvió a seguirme mientras me subía al coche. Se sentó en el asiento del copiloto y le ayudé a abrocharse el cinturón de seguridad. De camino al trabajo me decidí a hablarle: -¿No vas a decirme nada?. Me miró, pero continuó en silencio. También en silencio entramos en la oficina en la que aún no había nadie. Por precaución la guardé en un bolsillo y, aunque seguía sin hacer ruido, notaba sus pequeños movimientos. Su silencio me intrigaba y me atraía, pero tendría que dejarlo para despúes. Me desperecé en una sucesión de bostezos y estiramientos antes de recibir al primer cliente de la mañana. Curiosamente sólo venía a ofrecerme un puesto de tertuliano en un programa político-económico de televisión. Estaba convencido de que era el candidato ideal. Educadamente le dije que no.

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