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Juego de tronzos

Una figurada reyerta verbal entre dos colosos musculados y escuetamente vestidos (torsos a la intemperie) va escalando en tono y en saliva desprendida hacia los rostros opuestos y desencajados. Un lenguaje impostadamente primitivo no es obstáculo para percibir que el enojo es mayúsculo y mutuo. La violencia verbal es universo atemporal y de un entendimiento global que ya quisiéramos en otros registros de la diversidad idiomática de la Tierra. En un gesto endiablado por su rapidez y su intención, uno de los titanes desenfunda un par de facas y sesga la garganta del otro, la rebana en una erupción sangrienta, pero no bastándole la muerte que ya se cierne en el rival contestatario, introduce la mano en la herida abierta por el sucio metal y, entre sangre y entrañas, desgarra y extrae a modo de trofeo la lengua que vociferaba pocos segundos antes. Aún parece vibrar, como si contuviera una palabra necesaria para una frase no terminada y que quedará así, inacabada para siempre. Sin continuidad. Como la vida que se desploma entre borbotones de viscosidades rojizas. Falsa sangre de muerto falso.
La escena es contemplada por una mujer de belleza y brillo imposibles entre tanta testosterona desbocada, entre tanto menudo en improvisada casquería. Parece residir en ella el origen de la disputa, no en ella como objeto -ya tiene bastante con ser la propiedad sumisa e inexpugnable del rey de los bárbaros-, sino en su empeño, hecho petición a su dueño, por salvar de la violación despiadada a las hembras supervivientes de la matanza recién perpetrada por su tribu, en un arrollador paso nómada no se sabe muy bien hacia dónde.
Podría ser un pasaje de una película adscrita por los críticos al género gore, pero no, se trata de una exitosa serie de televisión importada de Estados Unidos (sobraría decir de dónde) y emitida en horario de máxima audiencia. Me puede la pereza antes de enumerar los premios, nominaciones y otras gaitas con las que ha sido galardonada la saga, así que diciendo que han sido muchos, muchísimos, me ahorro la enumeración.
El entretenimiento es sólo eso, entretenimiento y no hay que buscar mucho más que argumentos que distraigan el pensamiento hacia una historia que, en este caso, pretende ser larga en el tiempo. En ese sentido vaya por delante mi respeto máximo a quien disfruta y sigue la serie. Está hecha para eso, pero... Pero a mí me sobrevienen muchas preguntas. Esta manía mía de preguntarme cosas me roba demasiadas horas de sueño y no me aprovecha en demasía, porque a menudo acaba en más preguntas y pobres respuestas. Lo cierto es que no acabo de entender muy bien (o mejor, lo que puedo entender no me gusta) ni el fondo ni la forma de la serie. Quizá porque el tema de central, una lucha por el poder del reino a base de intrigas palaciegas y batallas, está algo sobadete, se ha de servir de unos reclamos visuales contundentes. Esto es, imágenes de violencia extrema y sexo más o menos explícito (recordemos que viene de Estados Unidos, así que a última hora siempre tendremos la sábana o el velo que habrá de tapar las zonas impúdicas). Dicen los entusiastas de la serie que los toques de irrealidad, su lado fantástico es lo que la hace original y adictiva. Esos toques de irrealidad deben referirse, supongo, a que impolutas hembras de axilas depiladas y botox prominente luzcan sus cuerpos 0% frente a unos guerreros recién salidos del gimnasio en un mundo que pretende ser sucio y hediondo. De los tres obesos que figuraban en el reparto inicial, un rey borracho y mujeriego (esto es realismo puro), una especie de primer ministro y un eunuco, los dos primeros ya han sido suprimidos mediante una muerte sangrienta.Completa el reparto un personaje afectado de enanismo pero con grandes dosis de astucia y mala leche.
Dos certezas: que los Lanister siempre pagan sus deudas y que se acerca el invierno. Por lo demás, el papel de la mujer es bastante triste, pues se limita a la sumisión total a la figura masculina, tiñendola en muchos de los casos de una promiscuidad prominente. Putas, vaya, por usar la terminología de la saga. Los bastardos están aceptados e incluso, un buen linaje que se precie, ha de tenerlos en cuantía suficiente. Así, a vuelapluma y de reojo, que es como he visto la serie hasta ahora, me ha dado la impresión que las decisiones más importantes las acaban tomando adolescentes o preadolescentes, alguno de los cuales todavía se muestra como lactante a pesar que se diría en edad de masturbarse, por seguir con la terminología y el dialecto usado en la serie. Ellos son los que acaban decidiendo que lucharán y que matarán. Lo demás, mucha víscera y mucho arrimarse miembros. La esencia primitiva de la conquista, que podría ser pasado, presente o futuro (espero que no).
Ya digo que debo ser yo, que los índices de audiencia y el séquito de incondicionales que son capaces de disfrazarse y seguir la historia a modo de juego en una irrealidad paralela deben querer decir otra cosa diferente a la que yo pienso... Pienso... Pienso que nos vale la casquería y los mutilamientos ajenos y cualquier cosa que agite nuestra sexualidad...  Puede valer, no digo que no, pero pienso que nos conformamos con muy poco.

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