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De versos nuevos y antiguas musas

Son esquivas y casi siempre exigen un precio que no puedo pagar. Por eso hace tiempo que dejé de buscar las musas refinadas, ataviadas con vaporosos vestidos, de otro tiempo. Está claro que renunciando a ellas me pierdo una clarividencia excelsa. Pero me cansa esperar sin hacer nada como me cansa pagar por todo en esta época en la que no parecemos haber escarmentado de la resaca consumista. Que no podemos ser propietarios del mundo, ni siquiera a cómodos plazos de una envenenada hipoteca. Desde que decidí buscar musas low cost se me aparecen en los elementos más diversos y cotidianos. Me asaltan en la lavadora, en las mesas por poner, en la gente que camina, en los caminos sin gente... Y cuando ni siquiera esas encuentro me las acabo construyendo. Todo va quedando empantanado en una mezcolanza desordenada de difícil provecho, pero a la que acudo para ir componiendo los textos y pretextos en los que paso algunos días y las más de las noches. Hay algunos que voy acumulando con la pretensión de que se conviertan en poemas para un futuro libro que va tomando forma de animal risueño. Éste que dejo aquí, a modo de señuelo, proviene de una musa que me susurró una palabra secreta al abrir un diccionario. Tiene la particularidad para mí de estar escrito en la lengua en la que vivo buena parte de mis días, pero no en la que sueño ni pienso, un ejercicio con el que he disfrutado buceando en el latido de palabras con las que no acostumbro a construir ni expresar. Me ha gustado. Por eso la he repetido alguna que otra vez en ese libreto por terminar y que no pretende más que ser un pequeño susurro agradable entre el estilo ruidoso del mundo. Eso y mi habitual deseo que de mi no depende. Que guste el cuento.



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