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Tal vez

Tal vez fuera intencionadamente. Diría que no, aunque eso se contradiga con la voluntad que por acción u omisión requiere el distanciamiento. Creo que fue más bien porque uno se acaba acostumbrando a las ausencias de quienes fueron presencias constantes de un tiempo, sentido del mismo. Parte de la vida conformada por elementos cotidianos que se nos antojan eternos, tal vez porque en el fondo también nos creamos con derecho a una porción de eternidad compartida con las paredes, las escaleras que bajan hasta el portal, los edificios, las calles y las personas con quienes nos cruzamos y compartimos palabras, miradas, deseos y hasta sentimientos en sus formas diversas y penetrantes. O indiferencia y hasta odio. Lo cotidiano se proyecta como algo perpetuo que se deshilacha en finas hebras imperceptibles al paso corto de los días, pero se acaba desgarrando del todo el cortinaje. Los hilos al viento ya descompuestos como una muda de piel abandonada a su suerte en una época que nos perteneció o a la que pertenecimos -absurdo sentido de pertenencia a un tiempo que no entiende de propiedades-. Y deja de ser interesante lo que un día fue principio y fin en sí mismo. Y deja de ser necesario pisar las mismas calles que conducían a lugares de encuentro obligado. Y se dejan de pisar. En breves intervalos primero, más largos progresivamente, pero nunca definitivos. Ahora lo sé. Los hilos desgarrados de los diferentes decorados temporales quedan a merced de los vientos y el azar los mueve, y a veces los devuelve, aunque ya nunca enteros, parcialmente recompuestos y encajados en el presente. Me gusta pensarlo así, aunque en el fondo crea que no es el azar y que la casualidad no es más que un error al escribir causalidad. Me deben faltar unos quinientos años de estudio para entender todas las reglas de esa causalidad y por eso mismo no pienso perder un segundo en intentar entenderla, pero es curioso como nuestras pequeñas decisiones diarias, ese segundo de elección, de libertad esencial, conforma nuestro camino. Pude cambiar de acera y no lo hice el día que me encontré con tres indeseables que me robaron... ¿Por qué no lo hice? ¿Quería medir mis fuerzas o simplemente no quería avergonzarme sintiéndome cobarde? Qué más da. Algo quería y el precio que pagué fue un reloj y el espanto del brillo de una hoja afilada cerca de la cara. Pude no salir una noche y no ir a rematar unas copas a un local de medio pelo. Pude quedarme a la entrada y no avanzar y no mirar cómo bailaba una chica entre varias. Pude no hablar. Pero lo hice. Pude dejar de contar -argumentos nunca me faltaron- pero continué desvariando. Ahora se que quise tomar cada una de esas decisiones, consciente o inconscientemente, pero elegí. Por eso sospecho que también fue mía la decisión de apartarme y dejar de ser, ir diluyéndome entre esos hilos desprendidos del tiempo, gastados por el uso. Hablo de la decisión primera, la que inicia y ya encamina el proceso, esa duda que se nos presenta libre pero que me ha traído, paso tras paso, hasta este espacio y este tiempo y a preguntarme por qué, en esa manía de querer buscar respuestas y explicaciones que conformen una lógica coherente con nuestro parecer, el mío en este caso. Y para empezar lo único que encuentro son unos cuantos tal vez. Tal vez no quise saber porque entendí que ya no encajaba en las vidas que empiezan a divergir y buscan caminos no coincidentes, los propios que uno desea únicos y diferentes, sentir que se abren al deseo voraz de la independencia. Tal vez para escapar del dolor de no sentirse correspondido en ingenuas pretensiones amorosas, tal vez porque lo común fuera más un espacio físico que no fraternal. Tal vez no fuera más que la evolución natural de cada persona... Tal vez. Pero ahora sé que no fue nada de eso o no la parte fundamental cuanto menos.

Recompuesto en parte el cortinaje del tiempo por ese empuje de causales o azarosas voluntades, uno puede verse en los caminos ya andados no como se recordaba, no con la estampa que lleva uno guardada de su adolescencia y que creía real y certera, fetén a las luces de la memoria desdibujada. Uno se ve en el contraste de pareceres de quienes fueron parte del cuadro temporal sobrevenido con la estampa antigua y descolorida enfrentada a los argumentos de quienes fueron espectadores sin duda con una visión más completa de la que yo mismo tenía, exterior, como de un espectador atemporal. Y es fácil verse entonces en todos los complejos e inseguridades, en los miedos innatos que creía a resguardo de mi intimidad y mi llanto. Pero tan visibles eran. Es fácil ver entonces el yerro frecuente de mis pareceres, la fragilidad de las creencias ciegas, de mis actitudes y gestos a ellas debidos. Pero sobre todo es fácil ver el daño que también uno inflinge con la palabra o el silencio, más letal la primera, sin duda, puesto que su huella difícilmente puede ser borrada. Fue dicha y disparada al viento, sin medir el impacto, la brecha, la herida. Del silencio siempre puede quedar la duda, que no se dijo lo que se iba a decir y matarnos o salvarnos, que empuñando el arma guardé las balas pensando que la incertidumbre no dolería o sería más fácilmente borrable. Y no es así. También daña y, en ocasiones, en profunda herida. Y entonces la estampa divertida y alocada de una época abocada a la búsqueda del quebranto de los límites se torna superficial. O se tiñe de un velo que ya nada tiene que ver con la ingenuidad de las edades joviales donde fue tomada. Aparece el sentimiento revelador de que el primer paso que dí, seguramente de forma inconsciente, no buscaba el apartamiento de momentos, escenarios ni actores concretos. Buscaba un apartamiento interior, una forma suave de decir que huía de mí en una actitud egocéntrica y desmesurada que sólo buscaba borrar inútilmente mi lado más decepcionante. La elección primera del camino a mis estares de hoy.

Tal vez no sea nada de todo lo anterior o  una suma de todo y de algo más que seguro olvido. Pero hoy pesa más que nunca la convicción de mi auto huida. Tal vez no sea la fiebre la mejor compañera para pensar en todo esto y tal vez sean demasiados tal vez para un relato que intenta buscar alguna respuesta. Tal vez.


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