Ir al contenido principal

Indignados

Estoy indignado. Lo digo con voz grave y resonante, dejando un eco de tres letras... Ado, ado, ado. O tal vez el eco no lo genere mi voz y sea en la repetición de las conversaciones que escucho donde encuentra mi estado de ánimo su reverberación sonora. Estoy indignado. Lo dice el albañil que hace tres años ganaba cinco mil euros mensuales e inflaba los presupuestos a clientes con márgenes de usurero. Estoy indignado. Lo dice quien trabajara como agente immobiliario cobrando comisiones de quince mil euros en adelante por vender infraviviendas a inmigrantes. Estoy indignado. Lo dice desde el fondo del bar el operario en paro que pagó mil quinietos euros por una entrada de fútbol (curiosamente el fútbol no indigna a nadie excepto a los futbolistas profesionales que también están indignados porque ven insuficiente la remuneración pecuniaria que reciben a cambio del penoso trabajo que realizan). Estoy indignado. Lo comenta también el hipotecado a quien a buen seguro forzaron a punta de pistola a firmar un crédito para comprar una vivienda diez veces más cara que la que poseía y que vendió diez veces más cara de lo que le costó. La especulación, me dice, es lo que ha llevado a esta situación. En las peluquerías la indignación va recorriendo cabelleras mechadas, salpicando las páginas de las revistas rosas, luz y guía de conciencias, cuyos personajes embutidos en títulos nobiliarios y otras farándulas no causan ningún tipo de repulsa. Estoy indignado. Lo dice el estudiante universitario a través de su Iphone. Le obligaron a financiar el coche alemán de alta gama y marca anillada que necesitaba a toda costa para moverse como pez en los atascos del asfalto urbano. Estoy indignado. Lo digo con pesar porque, aun compartiendo muchas de las premisas y propuestas que se propugnan desde estas plataformas de contestación y desencanto, me desalienta que la indignación sólo nos llegue cuando afecta a nuestro estatus de comodidad y bienestar y no antes. Las estructuras sociales llevan siendo injustas muecho tiempo, demasiado. Los centros de decisión y de poder son antros de corrupción hoy y hace diez años. Por no hablar del hambre, casi inconcebilble en nuestros días. A medio mundo le importa un carajo nuestras crisis financieras, primas de riesgo desbocadas y ratings de calificación porque no tienen nada que llevarse a la boca. Ni hoy ni ayer ni hace quince años. La miseria no está calibrada por agencia de calificación alguna aunque se lleve negociando con ella desde hace mucho tiempo en los mercados de futuros en forma de especulación sobre el precio de los alimentos. Estoy indignado porque no oigo asumir que somos parte del problema, que somos parte del sistema y que hemos llegado hasta aquí también por nosotros mismos y nuestra condición homínida, ególatra y codiciosa. Estoy indignado porque pretender cambiar el sistema sin cambiar nuestra forma de entender el mundo, nuestra esencia, es acabar de nuevo engullidos por la lógica capitalista del crecimiento infinito. Estoy indignado... Ado, ado, ado.

Entradas populares de este blog

Cuento binario

El robot que quería ser poeta

Está claro que la era del algoritmo no ha hecho más que empezar. Que estamos ante los primeros resultados, ante los primeros yacimientos de eso que llaman ya el petróleo de los nuevos tiempos que empiezan a ser presente. Oro líquido que todavía está en estado de magma alimentado por cada una de nuestras pulsaciones en el teclado, por nuestros recorridos dactilares en una pantalla, por nuestras búsquedas, por nuestro tiempo de lectura, por nuestro respirar... Datos y más datos que una legión de robots eficazmente entrenados para separar, incansables, el grano de la paja se lanzan a la lectura de las combinaciones alfanuméricas que componen esos datos, esos textos... Algunos de esos robots se han entregado tanto a la lectura que han tomado gusto propio y se han decantado por la poesía, tanto que alguno se ha empeñado en convertirse en poeta. Le pasó al programa informático con el que trabaja desde hace 17 años el investigador de la Universidad Complutense de Madrid, Pablo Ge…

Nadie sabe nada

Será que últimamente leo mucho a Leonard Cohen, al que entró en la madurez cuando yo era muy joven. Al que iba envejeciendo acumulando amor, sexo y fanfarronerías por un igual, al que ya llevaba a Lorca aposentado en las venas y se propuso que le sobreviviera llamando así a su hija. Será por eso que me volví a topar con Everybody Knows, la primera canción que conscientemente escuché de él. La primera que supe lo que decía, puesto que, por aquel entonces, el segundo idioma que se estudiaba mayoritariamente en España era el francés... Y Cohen se empeñaba en cantar en aquella jodida lengua que hacía parecer cualquier letra algo brillante y genial, la lengua que iba a acabar dominando el mundo engulléndonos a los paletos enamorados de las derivas latinas del lenguaje. Pero Cohen, traspasado a la lengua de Lorca no pierdía brillo, o simplemente brillaba de la única manera en que lo podía entender. Y allí volvieron a aparecer todos aquellos versos en que todo el mundo sabía lo que pasaba e…