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Los días intactos

Unos dirán que se repite como los ajos. Otros, que su momento pasó. No creo que le importe demasiado. Vislumbro en él a un tipo íntegro y fiel a su idea de hacer música y de la vida. Lo lleva haciendo desde hace muchos años cuando irrumpiera en el mundillo de la música acompañado de Los Rápidos que más tarde fueron Los Burros para desembocar en El último de la  fila hasta que emprendiera su camino musical en solitario allá por el año dos mil. Manolo García publica este mes Los días intactos, su quinto trabajo del que ha adelantado una canción, Un giro teatral, en dos versiones: eléctrica y acústica.
Descubrí su música allá por el año ochenta y siete, escapándome de alguna clase insulsa en el instituto y poniendo a hurtadillas el vinilo de Nueva mezcla sobre el plato del tocadiscos que había en casa de un amigo. Aquella música me tocó. Era descubrir un lenguaje nuevo, una manera de expresar diferente a lo que había oído. Tal vez fue el momento justo en que necesitaba oirla, ese en que las hormonas y los sentimientos andan desbocados y los sueños se pueden tocar con las puntas de los dedos. Su música se instaló en mí y me ha ido acompañando en este trayecto vital en el que estoy embarcado. Unas veces más cerca, más lejos otras, pero siempre ahí. En las fiestas remojadas de cerveza de unos tiempos adolescentes cada día más lejanos, en las noches del desvelo con el corazón volcado, en la necesaria soledad del desamor. En el yo jovencito de acné floreciente y en el yo más cabal y compartido de los años de madurez que habito. Uno es en función de sus encuentros y desencuentros que van conformando una personalidad más o menos definida, que no definitiva, en lo que admitimos y en lo que desechamos, en lo que vemos y en cómo nos ven, en lo que nos gusta y lo que nos disgusta. En este sentido puedo decir que su música también me ha hecho crecer como persona y eso es de agradecer. Le doy el valor de acercar el lenguaje poético a muchas personas que nunca han tenido ni probablemente tendrán nunca un libro de poesía entre las manos, a la manera de un juglar del siglo XX (ventiuno ya) que fuera transmitiendo los romances de boca en boca. Le doy el valor de enriquecer el lenguaje, tan empobrecido y adormecido como está en nuestros días. Hacer canciones con palabras como orzar, zarzillo, sillares, anaquel o sirga que resurgen olvidadas en los diccionarios y cobran musicalidad y sentido. Pero sobre todo le doy el valor de la honestidad, de hacer música alejada de convencionalismos, guste más o menos. El mundo onírico que destilan la mayoría de sus canciones es creación suya y patrimonio de muchos. He escuchado la canción y me han asaltado los días y las noches, intactos en mi memoria y en mi deambular presente. Tenía que escribir algo así. Se lo debía.





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