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La joven Rosenvinge

Ando estos días escuchando uno de aquellos trabajos musicales que te van atrapando, lleno de matices que se van descubriendo poco a poco, como manjar que se tuviera que saborear despacio y apenas después de haberlo acabado ya se tuviera el espacio físico y las ganas de volver a repetir.
Nunca estuvo la carrera de Christina Rosenvinge marcada por el éxito comercial arrollador. Hablo sin datos contrastados en la mano, pero creo que no me equivocaría si digo que nunca fue número uno de ninguna lista al uso. Ni le hace falta, ni le hizo. Es un ejemplo de subsistencia ideal, de tenacidad, de constante búsqueda de caminos alejados de las grandes avenidas. Es fácil que los que jugamos a uno y otro lado de la frontera de los cuarenta recordemos a una veinteañera cantando ¡Chas! Y aparezco a tu lado, allá a finales de los ochenta junto a Álex de la Nuez, en una versión juguetona e inocente de las derivas que ha ido tomando su música. La joven Dolores es su último trabajo de estudio, y aunque ya tiene un año, es en el que me entretengo ahora a fisgonear en sus letras y en su música. O mejor, es el disco el que entra y fisgonea en mí. Siempre me gustó la música de Christina, ya con Los Subterráneos, ya en solitario, ya en su desaparición americana, ya en su regreso madurado... Una feminista convencida y convincente de letras directas que dejan espacio a la duda y abren puertas a historias sugerentes de amores y desamores violentos, de pasiones enfermizas, de reflexión vital. Con el tiempo ha ido bajando el tono de su voz, creo que buscando un intimismo subyugador que va abrazando dulcemente, socavando las defensas, la coraza, y al descuido, ya el alma desnuda, araña, desgarra,  inyecta e inocula un virus despiadado que inunda el pensamiento de reflexiones sobre los entresijos de las relaciones humanas. La joven Dolores era el nombre de un barco pesquero de los años 40 que, reconvertido en barco de pasaje, conectaba hace varias décadas Ibiza y Formentera. El disco se mueve lentamente, como lo haría el bajel entre las aguas tranquilas del Mediterráneo a la búsqueda calma de alguna playa de arenas blancas en las que encontrarse con uno mismo. Pero lo hace no en camarote confortable y lujoso, sino en cubierta, con el tacto de la madera cuarteada sobre los pies y el salitre sobre la cara, sintiendo el escozor del paso de la vida. El resto es para descubrir. Un caso sin resolver.



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