Un argumento cualquiera, como tantos en contra

Mentiría si dijera que soy un convencido de las huelgas. Más bien no. Considero que es un mecanismo un tanto obsoleto y condenado al fracaso para una sociedad que se ha tornado individualista,  olvidando la fuerza de la colectividad. Pero con todas sus imperfecciones y manipulaciones, y a falta de alguna otra alternativa, es la única manera en que el trabajador puede demostrar su descontento y su disconformidad con unas reformas abusivas que, amparadas bajo la urgente necesidad de parchear una crisis económica de la que la clase trabajadora (si es que ésta existe) tiene poca responsabilidad, liquidan de un plumazo las escasas garantías laborales que quedaban después de un largo proceso de esquilmación de derechos. No entraré en los detalles por los que la nueva reforma laboral me parece injusta y desproporcionada, a estas alturas, desde cualquier enlace buscado en la red sobre el tema se puede comprobar el abismo al que nos aboca.
Podría esgrimir muchas razones para justificar la huelga de mañana, otros muchos podrían argumentarse en su contra y yo mismo podría hacerlo puesto que hasta hoy no he decidio si la secundaría o no. Pero para mí hay una razón fundamental: mis hijos. No como un sentimiento paternalista sino como una concrección de su generación ¿Cómo puedo pedirles que sean socialmente comprometidos?¿Cómo decirles que ellos pueden cambiar el mundo corrupto y lastrado por nuestros excesos que van a recibir por herencia?¿Qué les podré decir si algún día me preguntan si pude hacer algo para evitar la falta de ilusión y expectativas de futuro, el abuso empresarial que les aguardan? ¿Cómo podría hablarles de integridad si mañana me presento a mi puesto de trabajo contra la voluntad de mi conciencia sólo por evitar un coste monetario (necesario para mí)? El año 1900 en materia laboral está a punto de empezar en Abril del 2012. Seguramente llegará igualmente con huelga o sin ella, ya he dicho que el instrumento de presión me merece escasa confianza en cuanto a resultados. Pero no puedo hacer como si no pasara nada, como si fuera un azar misterioso el que nos hubiera llevado a la situación que vivimos y no nuestra idiotez consumista, nuestra desidia en los valores, nuestro egoísmo congénito alimentado por especuladores sin escrúpulos. Como si ese mismo azar, vestido ahora con los ropajes de la benevolencia, nos fuera a devolver a un nirvana económico y social a coste cero. Hoy no puedo.

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