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Carretera

El pensamiento se fue, carretera adelante, entre una niebla espesa. Iba más rápido que el vehículo destartalado que le llevaba. Notó que se le desprendía sin avisar, sin pedir permiso al habitáculo físico que lo contenía. Hubo un momento en que tuvo la certeza que ya se había ido del todo, más que nunca, y se aceleraba sobre el asfalto en un imposible vuelo rasante. Inconscientemente -no podía ser de otra manera- aceleró el vehículo por el instinto del perseguidor que llevamos dentro. Pero el pensamiento ya iba unos kilómetros por delante, con la ventaja de la visión anticipada del porvenir inminente. Cada vez corría más. En unos segundos remontó y tomó las alturas de las aves libres, la visión cenital que pone en escala mínima la existencia humana.
  El conductor autómata del vehículo había desisitido en la persecución, regresó al cuidado y al respeto hacia las normas de circulación por la carretera que tanto conocía, hoy bañada en los humedales de una densa bruma. Pero, en las alturas, las nubes quedaban como algodoncillos bajo el sol matinal que acompañaba al pensamiento en su huída. Reconoció las líneas de la costa como se reconocen en los mapas de los viejos atlas y empezó a sobrevolar mares. Por un momento temió quedarse sin rumbo en el constante azul de las mareas. Inquietud leve, atisbada apenas y rápidamente apartada por la plenitud libertaria del espacio. Los continentes pasaron como veloces fotogramas de un documental de paisajes. Cuando parecía que estaba a punto de abandonar la atmósfera y tomar una deriva cosmonautica, el pensamiento tomó una trayectoria descendente y comenzó a planear aprovechando las corrientes, águila acechante a una presa todavía desconocida. El destino del sueño, del anhelo libre, la lejanía del mundo cautivo. Apareció la imagen de una postal, el fotograma definitivo que daba sentido a la película, al vuelo y a la huída. Desde unas aguas calmas se alzaron las paredes verticales de picachos descomunales. Reconoció enseguida el Mar de Tasmania y el Pico Mitre, el lugar definitivo en el que habría de ser, su lugar. La belleza le sobrecogía hasta el punto de desbordamiento de los lagrimales. Se sintió azorado. Se acababa el tiempo de la huída, era un tiempo limitado y lo sabía. Excederse de la concesión de libertad diaria comportaría daños irreparables en la conexión cuerpo-mente que le sustentaba en el mundo de los cuerdos. A su pesar, abandonó el apaciguamiento de los sentidos y volvió, a velocidad endiablada, en busca del autómata al que había abandonado. Fotogramas inversos de mares y tierras ya recorridos. Reconoció enseguida el vehículo del autómata aparcado a un lado de la carretera. Le extrañó que no estuviera ya aparcado cerca del trabajo. Otra vez llegaría tarde para nueva ira del director de la oficina. Atravesó el metal del vehículo pensando aterrizar suavemente en la interpenetración con el cuerpo físico que le alojaba, pero se dió de bruces con el asiento de paño gastado del vehículo. Etérea y desesperadamente empezó a buscar en los alrededores del vehículo con la esperanza que alguna necesidad fisiológica  le hubiera hecho apartarse momentaneamente del camino programado. Pero no estaba. Volvió a mirar dentro del vehículo y entonces se fijó en una nota abandonada encima del salpicadero: "Me he entregado a la plenitud de la vaciedad. No me hagas más daño". Sonó entonces el teléfono móvil que había sido abandonado en el asiento del copiloto. Era de la oficina. El pensamiento abatido imaginó los improperios al otro lado del auricular.



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