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Els calaixos d'Ivette

Miércoles de lluvia bendita en estrecha carretera, nexo asfaltado entre dos mundos. En realidad, esta carretera arbolada que discurre entre campos de labor y pequeños bosques pertenece ya al espacio poético de una vida que se va alejando a unos cuantos kilómetros por hora de las obligadas horas de oficina. El limpiaparabrisas despeja la vista a la que asoman, verde nuevo,  los campos sonrientes y agradecidos, empapados de vida húmeda regenerada.
El paisaje parece estremecerse aún más ante la poesía musicada -o la música poetizada- de Ivette Nadal. Poesia i cançó reza en su web y doy fe que consigue aunar los dos sustantivos con una brillantez subyugante. Por el interior de mi viejo vehículo parecen mecerse los versos que destilan sus canciones. Y me mecen. Y me llevan al tiempo y al espacio donde el alma se hace permeable y se alimenta de la belleza hecha palabra, hecha canción, hecha imagen sensible y nueva y proyectada al mundo de los posibles.
He descubierto su música hace bastante poco. O más bien ha sido hace poco que he relacionado su música y su nombre. Había escuchado, a vuelapluma y en escorzo auditivo, alguna de sus canciones en la desparecida IcatFm -una prueba, la de la desaparición de la emisora de radio de la frecuencia modulada, de que la programación alternativa tiene difícil cabida en el universo comercial de nuestros días-. Pero por un motivo u otro, vaya usted a saber, un interfecto adelantando sobre línea continua, un radar móvil, una interferencia o un desvarío del pensamiento, no había acabado de ligar canción y autora. El nombre lo había visto, hace ya un año, en los créditos del último trabajo de Manolo García, con el que combina voz en Creyente bajo torres de alta tensión. Pero hasta hace un par de meses no me dio por buscar donde hoy se buscan hasta los objetos perdidos, la ruina de los vendedores de enciclopedias y de los servicios de información telefónicos, internet y su google sabelotodo, fuente de información y desinformación al tiempo. Allí apareció su página web. Y su música. Y su poesía. Ya con su autoría y su pertenencia. Quedé sorprendido de su madurez musical a pesar de su juventud, un hálito sobresaliente ante la mediocridad cultural que gastan numerosos congéneres de su generación. No soy crítico musical -ni serlo quisiera-, mis habilidades musicales se limitan a cuatro acordes sobre una guitarra, pero llevo escuchando música (activamente, me refiero) de lo más variopinta desde que tengo uso de razón, la suficiente como parar creer saber distinguir un trabajo honesto y original, un esfuerzo ilusionante, algo que me llegue. Al final, se trata sólo de eso, de tocar la fibra que hace vibrar y la mía vibra con la música de Ivette. En su último trabajo, Mestres i amics, demuestra una capacidad extraordinaria para encontrar ritmos musicables en los versos de poetas catalanes contemporáneos, una selección brillante alternada con composiciones propias donde deja huella su sensibilidad. Y también su fuerza y su energía. Una canción de cuna o un ritmo rockero, qué más da, la voz de Ivette los saca de ese cajón desordenado de su ingenio (el seu calaix de dalt) y los cose y los viste de un intimismo sereno, les da la consistencia, el sentido y la coherencia de las cosas bien hechas. He leído críticas en que comparan su manera de hacer con las de Bonnie Raitt. Puede ser. Para eso están los entendidos. Los aficionados sólo estamos para dejarnos llevar, como hoy me lleva esta música, esta poesía, capaz de mezclarse en el sentir, como hoy se mezcla en este trayecto a casa en el que ya he tomado un desvío sin asfaltar, mi perla de rebeldía diaria, que hoy se entrega embarrado a mi rodar autopropulsado y se reblandece como mi alma, inestable, atenta al movimiento acompasado de lluvia, paisaje y canción, sonriente a las formas sorprendentes de la vida.



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