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Entoces y ahora (a propósito de Live - Apolo)

Entonces era el tiempo en que solíamos esperar ese disco nuevo de alguno de nuestros artistas de referencia con ansia y casi con necesidad. El anterior mostraba ya los surcos maltrechos y saltones, un calvario para las agujas gastadas de los tocadiscos. Era entonces y me gustaría pensar que no hace tanto tiempo que no me pasaba, que no sentía el cosquilleo de la espera impaciente por un trabajo musical. Puede ser. Entre entonces y ahora han habido bonitas y recompensadas esperas musicales, pero ésta tiene para mí un brillo especial. Entonces no había más. Ni Spotify, ni Deezer, ni siquiera Napster ni eMule, ni internet. La música no era tan abundante ni accesible como ahora. No es nostalgia ni ñoñería. Simplemente era entonces otro tiempo y si lo describo aquí no es por añorar sino por revivir esa alegría, esa emoción, esa sensación de dejar el tacto esparcido en los espacios de esas grandes portadas, sacar el disco flamante y recien labrado, dejarlo sobre el plato y hacerlo sonar. Los primeros acordes eran como el primer sorbo de una cerveza bien fría en día caluroso. Y si he revivido ese tiempo ha sido gracias al espléndido trabajo de Maika Makovski que ha llegado, por fin, a mis manos. Hacia el verano del año pasado se propusieron lanzar una espectacular grabación en directo que querían compartir con quienes quisieran aportar al proyecto. Eso que se viene llamando crowfunding y en el que modestos mecenas aportan su granito de arena para hacer realidad variopintas ideas y proyectos. Y este era bonito. De aquellos que destilan un amor incondicional al oficio de músico, o vocación o lo que sea que lleva a una persona a crear canciones. Un vinilo a la antigua usanza y con una portada artesanal pintada por la propia Maika. No me lo pensé dos veces.

Ahora podría soltar el rollo de que he seguido su carrera desde sus inicios y bla, bla, bla, pero no es así. Descubrí su música por casualidad haciendo acopio de unos cuantos CD's de bandas que no conocía en la biblioteca pública. Lo suelo hacer de tanto en tanto para buscar sonidos nuevos y en pocas ocasiones lo consigo (encontrarlos). Sí, ya se que eso de buscar también está superado por las plataformas musicales de internet. También lo hago, pero soy de los que les gusta fisgonear en las letras, en la edición gráfica, en los créditos, en los agradecimientos... Y disfrutar de la calidad del sonido del CD (gloria para quienes hemos sufrido el castigo de los cassettes) . Eso fue cuando hacía poco que acababa de publicar Desaparecer y me enganchó como enganchan los trabajos que acaban perdurando: primero me sonó extraño pero contundente, dejando un hilo pendiente, algo que hurgaba en la curiosidad y en el deseo de seguir escuchando, de seguir descubriendo, una extraña droga para el alma. Encontré algo genuino y diferente que me hizo buscar más. Y seguí encontrando. Nunca había visto un directo de la banda en pleno, así que el disco, grabado en la sala Apolo de Barcelona, era una buena ocasión para recrearse con ese sonido de la música en su estado genuino. A Maika si la había visto en solitario en una ocasión, voz, guitarra y piano. Tal vez debería decir que la vi sólo a medias. Íntegra tras su guitarra, pero cuando se sentaba al piano la visibilidad de mi asiento sólo mostraba unas piernas que se movían con la energía de su música, a veces desnudas, a veces encadenadas y dando sonido a una singular percusión que acompasaba su cadencia hipnótica. No me importó. La escuché entera encandilado por su música y por su presencia. Y por una sonrisa preciosa, capaz de transmitir la ilusión de quien disfruta con lo que hace. Un lujo para estos días en los que se impone el pasar sin mayor sustancia, el acumular sin sentido, la cantidad frente a la calidad, la mediocridad al fin. Así que consideré que valía la pena aportar a este proyecto. Tenía un hueco grande en la difícil lucha por dar algo más, ahora. Ahora que la tecnología ha hecho más abundante y accesible los contenidos musicales y beneficia y perjudica al tiempo a creadores. Les da la oportunidad de llegar donde nunca hubieran soñado llegar las bandas de hace trenta años y les complica enormemente el vivir de la creación. Es la paradoja de esta sociedad "teocnológica" en la que se acepta como normalidad gastarse 600 euros de vellón en el último grito de dispositivo móvil (ríanse del coste de fabricación) y se considera un ultraje cobrar 15 euros por un compacto.

Por eso tiene mucho más valor hoy que alguien quiera perder energías y tiempo en volver un poco a la vertiente artesana de este mundillo de la música. Un regalo para los que nos movemos en el lado receptor del negocio. Una forma de agradecer -agradecimiento, andamos de eso bastante escasos ahora-. O así lo percibo yo. O así lo siento. Agradecimiento. Como lo son estas líneas. No sólo un texto de quien entonces, hace ya bastantes años, quería ser periodista y se desvivía por hacer crónicas de conciertos -entonces Maika era muy pequeña y aún no los daba-. Es mi pequeño y humilde retorno a ese esfuerzo grande por hacer este trabajo, vocación, virtud o lo que sea de forma tan honesta y sincera.

Ayer pude volver a ver a Maika con una banda de aventajados alumnos de la escuela LIPA de Liverpool. Cuánta energía. Cuánta ilusión. Cuánto talento. Cuántas sonrisas. La de Maika volvió a enganchar al público y a dar alas a los chicos para hacerles disfrutar aún más de ese sueño hecho concierto con un repertorio de lo más completo y contundente. Pensé que estaría bien volver a desempolvar mi gusto por las crónicas y hacer una, pero hoy el cuerpo me pedía otra cosa en mis habituales madrugones. Disfrutar por fin del vinilo que pude recoger al final del concierto, dejarlo sobre el plato y hacerlo sonar mientras escribo... Y suena y No news se empieza a intuir brutal y canta Maika. Y la cerveza (figurada a estas horas) sabe a gloria. Gracias.


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